D. Ezequiel Reyes Alejandro, MG

Recuerdo perfectamente que la expresión En el Nombre sea de Dios la aprendí de mi papá, pues para toda actividad que decide realizar siempre se encomienda al nombre de Dios, a su misericordia. Y es que nuestros familiares, que ya son mayores, hasta el día de hoy conservan esa sabiduría y confianza de que todo depende de la Providencia Divina: sus trabajos, su siembra, sus animales, incluso sus viajes, etcétera. Todo lo que el ser humano haga se encierra en la misericordia de Dios, no podemos iniciar un proyecto confiando únicamente en nuestras pequeñas fuerzas, pues todo puede venirse abajo, e incluso en el derrumbe de nuestro proyecto podemos salir lastimados. Nosotros, ahora como adultos y sobre todo en estos tiempos, debemos enseñar a nuestros familiares pequeños el valor de la confianza y el abandono en el Nombre de Dios, que es su misericordia.

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Estimados Padrinos y Madrinas, les comparto lo anterior porque aquí, en la Misión de Brasil, en una ocasión en la que estaba viajando de la ciudad de Itacoatiara a Urucurituba, sobre el río Amazonas, de un momento a otro el río comenzó a agitarse por el viento que había esa mañana, de tal modo que el conductor tuvo que detenerse por espacio de quince minutos mientras las olas golpeaban la embarcación y, al mismo tiempo, la hacían brincar y a nosotros dentro de ella; fueron como cuatro ocasiones, pero la tercera fue la más angustiante debido a que la estructura de aquella lancha comenzó a crujir, el agua salpicaba y empezó a entrar por las ventanas, y la mayoría de los pasajeros permanecíamos callados, pero con un gesto de temor, mientras que los niños, en su inocencia, ignoraban el peligro de ese momento. Ciertamente yo había encomendado a Dios el trayecto antes de subirme, sin embargo, fue ahí que se me vino a la mente aquella frase: “En el Nombre sea de Dios”, y comencé a pensar en las embarcaciones que no habían tenido la dicha de librar otras tempestades precisamente ahí, en ese mismo río, que tiene tanto una gran extensión en kilómetros como sucesos trágicos a lo largo de su historia, en la que infinidad de personas han perdido la vida.

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Pensé también en las palabras del profeta Isaías: “Si cruzas por las aguas, yo estaré contigo, y los ríos no te anegarán” (Is 43, 2). Pero más que pensar en ser librado por Dios de ese terrible momento, pensé en la fragilidad humana que nada tiene por suyo, a la que nada le pertenece, ni la vida misma… Y pensé también en la manera en que Dios da a cada uno según sus necesidades, “¡porque es eterno su amor!” (Sal 136). En ese momento incluso hablé con Él y le dije de manera graciosa: “Señor, esta embarcación es tuya, este río es tuyo, este aire es tuyo, este día es tuyo, mi vida es tuya, incluso las pirañas de este río son tuyas. Tú sabes bien que vine aquí porque así tú lo quisiste y en este momento me encomiendo a tu cuidado, si nos hemos de hundir, que sea en tu Nombre, porque ¿de qué me sirve seguir viviendo en la Misión si estaré entorpeciendo tus planes para esta comunidad? Haz lo que quieras con lo tuyo, pues tuyo soy”.

No les voy a decir que en ese momento se calmaron las aguas, pues sucedió lo contrario: como escribí líneas arriba, era la tercera vez de cuatro que el río zangoloteó la lancha. El tiempo se me hizo eterno, sin embargo, llegamos con bien a nuestro destino: Urucurituba. Al arribar casi imité aquel gesto que san Juan Pablo II hacía al llegar a tierra: besarla; y es que llegar con bien fue de lo más gratificante y no puedo pedirle más a Dios si Él mismo está conmigo, pase lo que pase, vivo o muerto; siempre estará conmigo y yo con Él.

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Esta es la primera experiencia retadora y poco agraciada que tengo al cruzar el río. Apenas tengo un mes de haber llegado a la Misión y pienso que fue la bienvenida de parte de esta hermosa naturaleza que compone a la selva amazónica. Creo que vendrán muchas otras experiencias, buenas y malas, aunque estoy seguro de que Dios no me soltará de su mano; inclusive si me llegara a encontrar con la hermana muerte en uno de esos viajes, pues la muerte no quiere decir que Dios me haya abandonado, sino todo lo contrario, es tan natural como nacer, y así como Dios estaba en mi nacimiento, también estará el día en que me vaya de este mundo.

Muchas veces pensamos que si Dios nos libra de algo malo es porque nos quiere, pero si no nos libra de eso es que nos castigó. Debemos recordar que no es así, pero también que todo lo que hagamos debemos comenzarlo en su Nombre, y así mismo debe de terminar todo lo que Él comience en nosotros.

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Estimados Padrinos y Madrinas, deseo de todo corazón que a lo largo de su vida Dios mismo dé éxito a todos sus proyectos. De ante mano les invito a confiar en su santo Nombre, que lo invoquen cuantas veces puedan a lo largo del día y dejen sentir en el corazón su misericordia, que nunca se acaba. Y recuerden no dejar de hacer oración por nosotros para que el plan de Salvación se realice en cada uno de nosotros, sus ahijados, al igual que en las personas con quienes compartimos la fe en este país que sigue necesitando misioneros. De igual forma, nuestras sencillas oraciones serán siempre por ustedes.