Ángel María Garibay

Publicado en mayo de 1950

La manifestación de María en el Tepeyac tuvo, desde su principio, carácter misional. Hace a Juan Diego una lección de catecismo como las que tiene que hacer el misionero entre infieles. Toma los puntos admitidos para subir a los revelados. Sobre lo que la razón ha descubierto a los antiguos mexicanos, que ven en el Principio Sumo al “dador de la vida”, al “que está cerca y junto de los seres”, al “dueño del cielo y de la tierra”, y de estos fundamentos pasa a la afirmación de que Ella es Madre de Dios Verdadero, que viene a ser madre de todos. Parte de lo que la razón enseña para llegar a las alturas de la revelación, y de ella descienden a la norma de vida práctica. Pide lo que es necesario para ir a Dios: oración, confianza, entrega.

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Los elementos simbólicos de que se rodea son igualmente procedimientos de misionera. Luces, cantos: dos elementos que mueven al pobre pagano. La llamada a los ojos que de la luz material ayuda a las almas a elevarse a la luz sobrenatural. La llamada a los oídos, que insinúa la llamada al corazón. Dios habla por el canto, como habla por la belleza visible. Más bello es el simbolismo de las rosas. Son un milagro amable, sin grande trascendencia, sólo para mostrar el poder de quien lo ejecuta. Algo similar a la transformación del agua en vino en Caná de Galilea, también lograda a su petición. Son milagros libres del interés humano, que muestran la gloria de quien los obra y la dulce bondad de dar al hombre lo que no es necesariamente algo tangible y sometible a ganancia. Las curaciones de enfermos, el arreglo de intereses de la tierra no faltarán en su acción de misericordia, pero vendrán en segundo término. Insinúa ya la senda de buscar a Dios por el camino de la admiración y el amor, más bien que por el del interés y provecho inmediato. Todo se viene a concretar en el lienzo milagroso: allí está resumiendo Ella misma luces y cantos, sonrisas y rosas.

Pero fue también el Tepeyac lección de misioneros. Después de haber misionado a México, lo hace misionero. Desde el santuario de Guadalupe parten Fr. Marcos de Niza y Fr. Antonio de Segovia. Uno va hasta el futuro Nuevo México; el otro evangeliza el Noroeste del país y planta santuarios marianos como sucursales del Tepeyac.

Desde el Tepeyac se lanza Fr. Andrés de Urdaneta a la evangelización de las Filipinas. Y cuando su escuadrón ha abierto el camino del Tepeyac salen los misioneros dominicos, que habrán de fundar más tarde el colegio de Portaceli para las Misiones de Filipinas y el Japón.

Felipe de Jesús, con sus colegas, anhela venir a Guadalupe para regresar con el don de la Misión al Oriente incógnito. Pero Ella los hace ir a las playas japonesas a dar rosas, ya no de Evangelio, sino de su propia sangre. “Semilla de cristianos”, será la base de florecimiento de aquella iglesia de destinos excelsos que vendrá en pleno un día al seno de la única grey, con dulce mirada a María de Guadalupe.

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Los admirables jesuitas, que evangelizan y elevan culturalmente a las Californias y a Sonora, levantarán altares de esta imagen porque de sus rayos tomaron la luz de la esperanza que los mantuvo en su Misión, ardua como ninguna. Y lo mismo harán los franciscanos que fundarán la iglesia en las remotas regiones de la Alta California, para que allí alcance el reino de María.

El resumen del espíritu misionero del Tepeyac está en la persona del P. Antonio Margil de Jesús, que irá desde Chihuahua hasta Panamá con un crucifijo en la mano y una guadalupana en la otra, cantando el alabado de fe y de paz. Con este franciscano, guadalupano como nadie, sólo se mide el hermano suyo Fr. Marcos de Niza, que va desde el Cañón de Colorado hasta Perú y regresa cantando a María. Estos dos simbolizan y trazan el programa de los futuros misioneros mexicanos. Al Oriente y el Poniente, al Norte y al Sur irán las huestes de Cristo, pero pasarán por el Tepeyac.