Angelina Nava López, MLA

Muy estimados Padrinos y Madrinas, en espera de que se encuentren bien les mando saludos desde Kenia, tierra de Misión. Cierto día que iba de camino a casa me platicaron una fábula que es perteneciente a la tribu kikuyu y que les quiero compartir.

Érase una vez un conejo que, acostado en la hierba, se estiraba de flojera. Junto a él estaba el zorro, que le dijo: “Nunca pasa nada extraordinario aquí”. A lo que el león contestó: “Y mi viejo siempre contando las mismas historias, ya me aburrió”. Dijo entonces el conejo: “A mí siempre me habla de que tenemos que economizar porque en tiempos de escasez es difícil encontrar comida y siempre refunfuña para encontrar poca de ésta. Que cuando la tierra da en abundancia es cuando tenemos que trabajar más”. Un cuervo que los escuchaba desde un árbol les dijo: “Déjense de lamentaciones y busquemos la tierra donde sólo haya jóvenes como nosotros”.

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Todos estuvieron de acuerdo y al momento se marcharon juntos. Anduvieron por mucho tiempo sin poder llegar a la famosa tierra prometida de los jóvenes, y con la caminata llegaron el hambre y el cansancio. Se detuvieron para preguntarse si alguno había llevado un bocado de algo y todos se percataron de que no habían preparado nada para el camino. El cuervo les dijo: “Buscaré comida, esperen aquí hasta traer noticias de algún lugar cercano”.

Todos esperaban su regreso y cuando llegó les dijo que había tenido mala suerte, pues no había nada cerca y lo más próximo estaba cruzando unos montes de los que ellos aún se encontraban lejos. Pero también les dijo que allá había un valle fértil, así que todos siguieron el camino. Sin embargo, al zorro comenzó a darle hambre, y por la noche, cuando el cuervo dormía, se lo comió con la excusa de que por su culpa estaban lejos de sus hogares y sin alimento. A la tercera noche se comió al conejo, y al día siguiente, no pudiendo con el león, este le dijo: “Me asombra lo ligero que andas luego de días sin comer, y mira que yo estoy que no puedo más.” A lo que el zorro contestó: “¡Bah! Así somos de resistentes los zorros”. Y el león replicó: “Pues temo que tú te has comido al cuervo y al conejo. Llevamos tres días caminando y me estoy muriendo de hambre, y tú, miserable zorro, estás tan vigoroso que parece que andas de paseo. ¡Así que déjate de cuentos, o me muero de hambre!”. ¡Y se comió al zorro!

Luego siguió su caminata y llegó al valle. Entre alegría y tristeza se dijo a sí mismo: “¡Qué mal he hecho al comerme a mi único compañero”. En ese momento escuchó unas voces que lo alteraron; eran un par de cazadores que decían: “¡Mira qué ejemplar tan magnífico!” “¡Cuida de no estropearle la piel!”. El león, aterrorizado, miraba a su alrededor en busca del lugar de donde provenían las voces, cuando una lanza le atravesó la garganta y lo mató.

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¿Cuál es la moraleja? El que quiere a toda costa su vida entera cambiar, perderá siempre la barca y terminará en el mar.

En la Sagrada Escritura, el libro del Éxodo dice: “No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. No harás daño a la viuda ni al huérfano” (22, 20-21). He visto que la mayor parte del tiempo todos vivimos con un afán de tener todo (cosa que no es mala, pero tampoco saludable), sin escuchar antes los sabios consejos que nos pueden evitar uno que otro tropezón, y en ese afán por tenerlo todo no mide uno el daño que se puede hacer a aquellos que siempre están a nuestro lado.

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Ojalá que esta fábula nos ayude a recordar de dónde venimos, a dónde queremos ir, y que por supuesto tengamos un fin de hacer algo para nuestro prójimo, para nosotros (pues nunca es tarde), y que no sea por huir de una responsabilidad, por aburrimiento o por miedo a no arriesgarnos a cometer un error. Hay que tomar acción en nuestras decisiones y recordar que todos los bautizados tenemos la responsabilidad de ser y hacer una feliz Misión como nuestro Padre Dios lo quiere.

¡Bendiciones y mucho cariño a todos ustedes, Padrinos y Madrinas de Misioneros de Guadalupe!