P. José Navarro González, MG

Estimados lectores, este mes publicamos la segunda parte de comentarios con respecto al Sacramento del Matrimonio. Con esto concluye nuestra revisión acerca de los sacramentos de nuestra Iglesia, que espero hayan servido para aclarar dudas acerca de esta parte tan importante en nuestra fe.

El matrimonio fue querido por Dios desde la creación del hombre, pero adquirió una elevación sobrenatural con la venida de Cristo, lo cual es una fuente de grandes bendiciones. La máxima novedad del matrimonio cristiano consiste en que la unión conyugal entre los bautizados representa la unión de Cristo con la Iglesia.

Por eso hay algo particular en este sacramento con respecto a los demás. En el Bautismo el ministro es un sacerdote, al igual que en la Eucaristía y en la Reconciliación. Sin embargo, en el matrimonio los ministros del sacramento son los novios, pues son ellos los que se casan. El sacerdote no los casa, únicamente actúa como un representante de la Iglesia, un testigo. El compromiso se verifica de una manera muy sencilla: por medio de unas palabras y un “Sí” que ellos han venido repitiendo, el uno al otro, muchas veces.

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En el Evangelio de Mateo (19, 1-9) se conserva el diálogo que Jesús sostuvo con los fariseos acerca del divorcio: “¿Puede uno separarse de su mujer por cualquier motivo?”, le preguntaron. Jesús entonces se remitió al Génesis (1, 27; 2) para explicarles la voluntad de Dios. También les hizo ver que Moisés se había visto presionado por las circunstancias de la época para conceder el divorcio, por la incapacidad de comprender los mandatos de Dios y la docilidad ante la voluntad de Dios. Pero en los planes de Dios el divorcio no entraba, y Jesús hizo su propio comentario: “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” (Mt 19, 6).

Para llegar al sacramento del matrimonio debe existir la base de un serio periodo de conocimiento mutuo entre los novios, acompañado de reflexión delante de Dios. Es muy importante que los novios tengan los mismos ideales sociales, un mismo pensar y un mismo sentir (cfr. 1P 3, 1-9), así como los mismos sentimientos religiosos, porque muchas veces estas diferencias, entre otras, son causa de ruptura.

Sacram_septiembre16_4Cuanto más desigualdad hay entre los futuros esposos, más hay que prolongar el noviazgo para acortar distancias. Hay que dejar el egoísmo de lado, saber perdonar día a día y no archivar en lo profundo del subconsciente un sinnúmero de páginas negras y malos recuerdos que impiden amar y alejan a marido y mujer.

Las relaciones sexuales durante el noviazgo suelen dejar a los novios cada vez más frustrados, porque el estado provisional y pasajero en el que viven no admite una entrega total de persona a persona. Entregarse sin reserva quiere decir darse para siempre, y esto no se puede concretar en el noviazgo. No se puede construir una casa sobre arena, sino que debe hacerse sobre roca; es decir, sobre los mandamientos de Dios y la enseñanza de Jesús, su Palabra.

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En la actualidad se habla de planificación familiar debido a la explosión demográfica, pero no todos le dan un mismo significado. En la mayoría de los casos lo que se busca es limitar el aumento de la población sin importar la forma en que se consiga. La Iglesia promueve la planificación familiar usando métodos aprobados por ella misma, como lo es el método Billings. También se promueve que los papás se sientan responsables de los hijos que traen al mundo, pues deben darles cariño, alimentación y educación adecuados.

Al ser indisoluble el matrimonio, no se admite el divorcio. Sin embargo, dadas circunstancias graves es posible (y a veces aconsejable) la separación. Naturalmente, los esposos separados no pueden volver a casarse mientras uno de ellos viva. La Iglesia ha estado siempre convencida de que, conforme a la Palabra del Señor (Mt 19, 6), no tiene poder para disolver un matrimonio correctamente celebrado.

Sacram_septiembre16_2Distinto es el caso cuando se declara nulo un matrimonio. Es decir, cuando, después de estudiarlo bien, la Iglesia declara que realmente no hubo el matrimonio por alguna falla grave en el proceso prematrimonial. Así es que disuelve un aparente matrimonio cuando una de las partes tenga votos solemnes en una orden religiosa, por ejemplo, ya que eso implica que no se realizó ningún matrimonio. También se disuelve el matrimonio contraído entre dos no bautizados, cuando uno de ellos, recién convertido, considera un problema vivir su nueva fe; entonces se anula el matrimonio y las personas quedan con la facultad para volver a casarse.

Estimados lectores, esperamos con esto haber despejado alguna duda que pudieran tener con respecto a este y otros sacramentos. Los invitamos a vivirlos como parte fundamental en la práctica de nuestra fe.