Juan José Ramírez Escarza

Estimados lectores de la revista Almas, este mes celebramos en México un aniversario más de la lucha por la independencia de nuestro país y, como siempre en estas fechas, entre lo mucho que se dice, resuena constantemente la palabra libertad.

Este vocablo tiene varios significados, pero los más comunes son los que se refieren a la facultad que tenemos la personas para obrar de una o de otra manera, siendo responsables de nuestros actos; o a la cualidad de aquellos que no son esclavos, ni se hallan presos o sujetos por factores externos a ellos.

En el ámbito cristiano, la libertad es una de las principales preocupaciones de Jesús y, por lo mismo, de la doctrina que se ha desarrollado en torno a la fe. La libertad es opuesta a la dependencia y a la esclavitud, no sólo en el aspecto físico, sino también en el espiritual. Jesús vino a liberarnos del pecado y de la muerte. Su mensaje y sus enseñanzas son la forma de vida que puede llevarnos a construir el Reino de Dios en la tierra, por lo que la salvación que nos brinda Dios a través de Cristo equivale, precisamente, a la libertad.

Debemos recordar que el mensaje evangélico nos dice que la salvación no es algo que debamos esperar pasivamente, pues el Reino ya se encuentra presente en la tierra, y nuestra Misión es hacer todo lo posible para preparar el terreno que nuestro Padre habrá de perfeccionar.

Por eso, hoy que los valores más importantes parecen perderse en nuestra sociedad, debemos traer a la memoria la lucha de los padres de nuestra patria, que se esforzaron por hacer de este un lugar mejor, así como apegarnos a la luz que nos brinda la vida de Jesús: poner la fe en el centro de nuestras acciones de cada día y hacernos sus discípulos sin miedos ni temores que nublen los actos de amor y solidaridad. Recordemos que nuestro Salvador fue muy claro en sus palabras: “Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8, 31-32).