Rosa Adriana Chavarría Rodríguez, MLA

Desde nuestro bautizo todos somos llamados a ser misioneros, pero cada uno encuentra su propio momento para que ese llamado se convierta en una vocación. Por fortuna, yo la descubrí desde pequeña; quizás fue por el ejemplo que recibí de mis padres, quienes siempre estaban dispuestos a ser solidarios con los más necesitados. Sin embargo, por miedos e inseguridades dejé pasar casi 35 años antes decidirme a cumplir mi vocación.

Cuando fui enviada a Kenia como Misionera Laica Asociada a Misioneros de Guadalupe, mi alegría era enorme, aunque al mismo tiempo tenía miedo a lo que estaba por venir. Quería colaborar en el barrio de Kibera, ubicado en Nairobi, capital de Kenia. En especial anhelaba apoyar en la Parroquia de Cristo Rey, Diócesis de Ngong, donde Marlene Adriana Gámez Hernández, MLA, trabajaba y brindaba apoyo al desarrollo sustentable de un grupo de mujeres. Se trataba de un proyecto donde, según mi perspectiva, a través de mi profesión podría realizar aportes valiosos, siempre consciente de que únicamente con la ayuda de Dios se pueden lograr grandes cosas.

Cuando llegué a la Misión y comencé la etapa de inserción una de las cosas que llamó mucho mi atención fue que la gente de este país se encontrara muy dividida por razones tribales: en todo el territorio existen 43 tribus, cada una con aspectos peculiares: dialecto propio, formas de pensar y de actuar, estilo de vida, costumbres, etcétera.

art3_septiembre16_1Ante esa realidad, que también se hace presente en la vida parroquial, me surgió el interés por encontrar un método que ayudara a que la convivencia entre los cristianos de las diferentes tribus se relajara un poco. Kibera es el barrio de más pobreza y mayor extensión del oeste de África, con un millón de habitantes aproximadamente, y al menos una persona de cada tribu vive ahí dentro.

Cuando le presenté mi proyecto de trabajo al P. Carlos Domingo May Correa, MG, párroco de Cristo Rey, las actividades que tenía planeadas eran a través de dinámicas lúdicas y de integración, con la finalidad de disminuir las diferencias por cuestiones tribales y motivar a los miembros de las diferentes jumuyias (pequeñas comunidades de base) a sentirse una sola comunidad hermanada por la fe en un solo Dios. Sin embargo, solicité que me diera un plazo mayor para poder realizar esa labor, ya que consideraba importante estudiar el idioma swahili (uno de los dos idiomas oficiales del país) antes, para poder hacer mi comunicación más efectiva con los cristianos. El párroco aceptó mi propuesta.

art3_septiembre16_2Al comenzar mi apostolado me enfoqué en conocer y colaborar en el proyecto que estaba trabajando Marlene con las mujeres. Me di cuenta de que realmente podría aportar algo no sólo a través de mi conocimiento, sino también en la parte de testimonio de vida. Comencé a realizar otras funciones en las labores administrativas de la parroquia y fui dejando de lado la parte del trabajo con las jumuyias.

Sin embargo, hace un año, como parte de las actividades para lograr el plan pastoral parroquial, se propuso realizar retiros enfocados en trabajar el liderazgo y la integración de las cinco subparroquias de la comunidad de Cristo Rey, y recibí la invitación por parte del equipo de formación de la fe para ser una de las facilitadoras. ¡Cuando me explicaron que querían que los ayudara con dinámicas de integración no cabía de gozo! En primer lugar, se trataba de algo que era parte de lo que había planeado en mi proyecto. En segundo lugar, para ese momento ya había tomado el curso de swahili y, aunque no soy muy buena, puedo comunicarme con la gente. Finalmente, lo más importante es que era un regalo de Dios, pues Él me estaba permitiendo lograr uno de mis sueños: trabajar con las jumuyias. ¡El tiempo de Dios es tan sabio!

art3_septiembre16_3La vida misionera puede no ser fácil, pero Dios, con su inmensurable amor, nos llena de estos gratos momentos que nos enseñan una y otra vez que vale la pena el sacrificio, que Él siempre está de nuestro lado para guiarnos, que debemos ser dóciles a sus tiempos. En ocasiones podemos desesperarnos y pensar que no lograremos nuestras metas, pero cuando Dios ve que lo que deseamos va acorde con su plan de salvación, definitivamente nos impulsará a lograrlo.

Si hay algo que ha marcado mi vida misionera es el hecho de que puedo llegar a ver perdidos mis objetivos, sueños y metas, pero Dios me demuestra que sus tiempos son mejores y que se puede alcanzar lo que queramos, siempre que pongamos toda nuestra confianza en Él y agradezcamos su presencia en nuestras vidas.