P. Ignacio Flores García, MG

Estimados Padrinos y Madrinas, con el deseo de que la bendición de Dios, nuestro Señor, se siga derramando abundantemente en cada uno de ustedes y de sus familias, reciban de nuevo un afectuoso saludo de sus ahijados, Misioneros de Guadalupe.

En esta ocasión me es muy grato compartir con cada uno de ustedes, y especialmente en este mes dedicado a las Misiones, mis comentarios acerca de la penúltima etapa de nuestra formación como futuros sacerdotes misioneros. Esta etapa es el diaconado, y, según mi propia experiencia, es una de las más bellas experiencias con las que Dios me bendijo durante todo el tiempo que duré preparándome para llegar al sacerdocio misionero.

Una vez que los seminaristas hemos concluido nuestros estudios filosóficos y teológicos, y habiendo renovado nuestras promesas de pertenencia al Instituto durante el estudio de la Teología, estamos más preparados para vivir el tiempo de servicio como ministros misioneros a través del diaconado.

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Aunque no hacemos funciones de sacerdotes consagrados ni asumimos grandes responsabilidades como un presbítero, de alguna manera participamos ya de un grado de sacerdocio, pues consagramos nuestra vida a Dios mediante nuestra pertenencia al Instituto y un obispo nos concede la gracia del Orden del diaconado, lo que nos faculta para administrar algunos sacramentos, como son el Bautismo, la Comunión y el Matrimonio. Sin embargo, en esta etapa de nuestra formación aún no confesamos ni consagramos el pan y el vino en la Misa.

Según el objetivo de nuestro Manual de Formación MG, esta etapa consiste en “Asumir conscientemente el seguimiento de Cristo, enviado del Padre, que llama a anunciar el Reino con espíritu de servicio y caridad en su ministerio diaconal como preparación inmediata al presbiterado” (núm. 19). Por ello, nuestra preparación en este nivel es de fundamental importancia para nuestro paso al presbiterado.

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Cuando un seminarista llega al diaconado es muy probable que se le asigne un trabajo de mayor responsabilidad, tal como estar en una parroquia para apoyar y servir en los ministerios junto con el párroco, o, junto con otros sacerdotes, acompañar los procesos de formación de las generaciones de seminaristas en cualquier etapa de formación en que se encuentren, según sea el caso. Para los diáconos misioneros es más común trabajar en parroquias y asumir las responsabilidades asignadas por el sacerdote.

Por lo anterior, la planeación de trabajo tiene mucho que ver con la organización personal del diácono; es decir, el diácono tendrá que acomodar y distribuir responsablemente sus tiempos y actividades para ejercer el ministerio de servicio pastoral, en relación a la comunidad a la que se le envía.

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Como en etapas anteriores, el diácono sigue siendo acompañado por un sacerdote, quien por lo regular es el Superior de la Misión donde se encuentra realizando su servicio, y el sacerdote a quien apoya en las tareas pastorales. Si el diácono estuviera en México sería acompañado por el Padre rector, quien es el sacerdote responsable de todo el proceso de formación en los seminaristas, desde los que entran al Centro de Orientación Vocacional hasta los que han alcanzado la etapa del diaconado.

A grandes rasgos, estos serían los elementos básicos que caracterizan a un diácono Misionero de Guadalupe. Por supuesto que, aunque ha concluido sus estudios filosóficos y teológicos, también siempre habrá campo en su vida para seguir preparándose, a fin de responder mejor a sus realidades pastorales y misioneras.

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Aprovechando que este es el mes de las Misiones, quiero compartirles, queridos Padrinos y Madrinas, mi propia experiencia: yo fui ordenado diácono en la Misión de Kenia y, muy afortunadamente, además fui enviado a realizar mi año de servicio diaconal en la Misión de Angola. Ahí tuve muchas bellas experiencias que me dieron grandes muestras del amor que Dios tiene por nuestros hermanos que aún no le conocen y por mí, que hoy, siendo ya sacerdote, les escribo estas líneas. Para mí el diaconado fue sin duda la experiencia de formación más bella que recibí durante todos esos años y, sin duda, fue de gran aliento para llegar a ser sacerdote misionero.

En este sentido, quiero decirles que, de alguna manera, sigo siendo diácono, pues al servir y ayudar ahora como sacerdote recuerdo entonces que el diaconado debe impregnarse muy bien en la formación, porque el servicio será una gran motivación en la tarea sacerdotal que nos espera.

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Queridos bienhechores, les agradezco muy profundamente, una vez más, su apoyo en nuestra formación. Próximamente, si Dios lo permite, tendremos la bendición de contar con un nuevo diácono Misionero de Guadalupe dispuesto a seguir respondiendo generosamente a Dios en su vida. También en los próximos meses uno de nuestros diáconos se ordenará sacerdote, mientras que hay otros dos que actualmente se encuentran ya sirviendo en Japón y en Brasil, mientras aguardan el momento de su ordenación para continuar sirviendo en Misiones, ya como presbíteros. Esto significa que sus oraciones y la generosidad de sus familias continúan dando muchos frutos en la construcción del Reino de Dios. Que el Señor los recompense al 101% y bendiga abundantemente a todas sus familias.

Los invito a ver un video acerca del diaconado misionero: