Juan José Ramírez Escarza

Estimados lectores de la revista Almas, este mes la Iglesia católica celebra la Jornada Mundial de las Misiones, en el marco del Jubileo de la Misericordia, y por ello queremos comentar algunos aspectos respecto a la Virgen María, modelo de evangelización y Madre nuestra.

La figura de María es de suma importancia en el desarrollo de nuestra fe y en el seguimiento que se debe hacer a la vida de Cristo. A la luz de la lectura del Nuevo Testamento, sabemos que con su maternidad se inaugura un nuevo tiempo en la historia de la humanidad, en el que se hace evidente la presencia de Dios en la tierra. Además, ella participa de la experiencia de liberación de su Hijo, no sólo como testigo sino también como portadora de esa nueva esperanza, como fiel que sabe reconocer y confía en los designios de Dios, y que después asume su responsabilidad para, junto con los apóstoles, llevar a cabo muchas de las tareas inherentes al anuncio de la Buena Nueva.

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María nos enseña con su ejemplo que, mediante la fe, el Pueblo de Dios logra percibir que el mensaje de salvación nos libera del mal en sus formas más radicales para permitirnos vivir plenamente como hijos de Dios.

Por otra parte, en su homilía del 12 de diciembre del año pasado, Su Santidad nos recordó que otro de los atributos de la Virgen María es ser Madre de misericordia: “Ella ha experimentado la misericordia divina, y ha acogido en su seno la fuente misma de esta misericordia: Jesucristo. Ella, que ha vivido siempre íntimamente unida a su Hijo, sabe mejor que nadie lo que Él quiere: que todos los hombres se salven, que a ninguna persona le falte nunca la ternura y el consuelo de Dios”.

María es nuestra Madre, nos brinda esperanza y fortaleza, nos acompaña con su amor a lo largo de nuestras vidas, mientras buscamos construir el Reino de Dios en este mundo. Por eso, todos los cristianos debemos volver la mirada hacia