Juan José Ramírez Escarza

Estimados lectores de la revista Almas, este mes la Iglesia católica recuerda a los fieles difuntos, además de celebrar el último domingo del calendario litúrgico, con la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.

En los primeros días de este mes recordamos a todos los santos de nuestra Iglesia y también a nuestros seres queridos ya difuntos. Son días de recogimiento y reflexión acerca del pasado y, sobre todo, el futuro de nuestras vidas.

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Los católicos tenemos fortaleza para continuar viviendo cada día, a pesar de las ausencias, porque la fe nos da la certeza de que quienes nos precedieron y están muertos hoy moran con el Señor. Ellos alcanzaron la salvación por las obras buenas que realizaron en vida, por vivir como auténticos discípulos de Jesucristo, por jugar su parte en la construcción del Reino de Dios aquí en la tierra. Pero sobre todo, han alcanzado el paraíso por el amor y la misericordia de nuestro Padre: la victoria sobre el pecado y la muerte pertenece a nuestro Dios y a su Hijo, que vino a salvarnos.

El Cielo tiene un lugar para nosotros, ganado por anticipado gracias al sacrificio de Cristo: Él nos abrió las puertas del Reino. Así mismo, nuestros amigos y familiares que ya no están a nuestro lado en la tierra se encuentran con Dios, en el Cielo. Esa es nuestra fe y una esperanza que no nos defrauda si caminamos nuestra existencia según las enseñanzas del Señor.

Esa verdad también es la que celebramos hacia finales de mes, en el último día del año litúrgico, cuando recordamos que Jesucristo es el punto central de la historia humana y de la historia de cada persona. Él es Rey del Universo porque nos abrió las puertas del Reino, porque es la cabeza de su pueblo (la Iglesia) y contamos con la seguridad de que cuando dejemos nuestra vida terrena estaremos para siempre a su lado. ¡Démosle gracias compartiendo la fe con toda persona!