Juan José Ramírez Escarza

Estimados lectores de la revista Almas, este mes rememoramos el inicio de la vida de Jesús, el comienzo de la historia de nuestra salvación.

Esta es una buena época para recordar algunos aspectos inseparables de la figura de Jesús en nuestras vidas. En primer término, siendo que a lo largo del año que concluye celebramos la misericordia de Dios Padre, los invitamos a recordar que la Navidad es un día en que se festeja esa misericordia, porque, con el nacimiento de su Hijo, nuestro Padre nos reveló su inmenso amor, al enviarnos la luz que disipa la oscuridad de la existencia.

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Natividad mística, de Sandro Botticelli

En segundo lugar, en Navidad debemos celebrar la bondad de Dios hacia nosotros: Él envía a su Hijo, que habrá de enseñarnos el camino para construir el Reino de los Cielos aquí en la tierra, pero además nos brindará el triunfo total sobre el pecado, porque el es nuestro Salvador, el Cordero de Dios que quita con su martirio el pecado del mundo y con su Resurrección nos llena de esperanza, porque sabemos que ha vencido a la muerte y ese mismo destino es el que nos espera.

Por otra parte, el nacimiento del Hijo de Dios nos trajo esperanza, pero también la reconciliación y la paz. Con Él buscamos transformar el mundo para que no haya más lugar para la guerra, la violencia ni el odio.

El nacimiento de Jesús lo celebramos en familia y con nuestra comunidad. Al interior de nuestros hogares debemos siempre contar con el ejemplo de la Sagrada Familia para acrecentar nuestra fe y los lazos afectivos con las personas que siempre estarán a nuestro lado. Con los diversos grupos que convivimos (trabajo, escuela, comunidad parroquial, etc.) nuestra labor es amar y apoyar al prójimo, acompañarnos en el camino para propagar la Buena Nueva en cuanto ámbito nos sea posible.