P. José Carlos Romero Rocha, MG

Después de haber incursionado en otras Misiones, tanto en África como en Sudamérica, el Señor ahora me ha pedido –por medio de mis Superiores– que viniera a esta preciosa isla caribeña: Cuba.

Llegué a esta Misión hace apenas dos meses y medio, tiempo que, aunque es corto, me ha dado una idea general del ambiente católico y de la dificultad de obtener conversiones. Además, claro, platicar con mis compañeros misioneros que ya tienen en esta Misión un tiempo más o menos largo ha completado mi visión acerca del trabajo pastoral misionero en Cuba.

Actualmente me encuentro trabajando en la Parroquia de Hersey, que en época pasada fue un centro productor de azúcar y que ahora sólo está poblado por gente mayor, quienes hacen recuerdos de tiempos pasados y mejores. Esta ciudad, Hersey, provincia de Mayabeque, no queda muy lejos de La Habana.

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Hay poca asistencia a Misa, y los pocos feligreses que asisten a esta parroquia son, en buena parte, gente mayor. Los jóvenes (como todos en este país) están internados en escuelas del gobierno, en donde estudian y llegan a graduarse como profesionistas. Los niños, que no son muchos, asisten al catecismo.

El gran reto en esta Misión consiste en tener mucha paciencia, pues el trabajo es lento. Uno quisiera ver resultados inmediatos y cuantiosos…, pero la realidad es que, aunque son pocos, los católicos hacen presencia de la Iglesia en esta isla.

Parte de mi trabajo consiste en visitar a las familias, con cualquier pretexto, para entablar contacto con la gente, ya que, como casi no vienen a la iglesia, el misionero va hacia ellos a anunciarles la Buena Nueva, a rezar por los enfermos, o simplemente a platicar y hacerse amigo de ellos. Los cubanos son muy amigables y hospitalarios; les da gusto que uno los visite. Con los católicos y potenciales conversos vamos creando pequeños grupos; hemos creado casas-misión en donde podemos celebrar la Santa Misa y dar catequesis.

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La juventud representa otro gran reto para el misionero. Aunque de lunes a viernes están en su escuela-internado, lo fines de semana regresan con sus familias, pero, como en casi todas partes, lo que más les interesa a los jóvenes es ir a la playa durante el día, e ir a la “disco” durante la noche. La religión como que no tiene mucho atractivo. Por eso, la gran mayoría de creyentes son adultos.

El pueblo cubano ha hecho gala de tener gran solidaridad entre ellos, de ayudarse unos a otros cuando se necesita. Pero… con el tiempo, poco a poco, las nuevas generaciones van encaminándose hacia un individualismo, como pasa en el resto del mundo.

Sin embargo, hay que reconocerlo, el Seminario San Carlos tiene buena población de seminaristas cubanos que se preparan para compartir su fe con sus paisanos. De hecho, cada fin de semana vienen dos seminaristas a ayudar en la catequesis y los ministerios dominicales.

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Una cosa que une mucho al pueblo cubano es su gran devoción mariana hacia Nuestra Señora de la Caridad del Cobre (patrona de Cuba). A muchos, católicos abiertos o “católicos en secreto” (que tienen fe, pero que todavía no se animan a recibir el Bautismo), Nuestra Señora de la Caridad los llena de esperanza y los hermana en la fe.

En resumen, me siento muy feliz de haber venido a esta Misión y, aunque el trabajo sea lento y carezca de muchas satisfacciones pastorales, no pierdo de vista que los misioneros vinimos a “sembrar” la semilla de la Palabra. ¡Ya a otros les tocará cosechar cuando Dios así lo quiera! ¡Por lo pronto hay que seguir sembrando, aunque veamos pocos resultados!

Agradezco a nuestros bienhechores que, por su generosidad, me han hecho posible estar como misionero en esta querida isla de Cuba. ¡No dejen de ayudarnos con su oración y con su donativo!

¡Nuestra Señora de la Caridad del Cobre los bendiga e interceda por ustedes!

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