P. Sergio Arturo Chavira Álvarez, MG

Los Misioneros de Guadalupe que trabajamos en tierras de Misión regresamos a México cada tres años, y este año me tocó regresar a la patria. Unos días después de mi arribo fui invitado a participar en una Semana de Animación Misionera realizada en la ciudad de Villahermosa, en el hermoso estado de Tabasco.

Las animaciones misioneras de los Misioneros de Guadalupe se llevan a cabo en parroquias en diversas regiones del país, a petición de los párrocos de cada lugar. El objetivo de esta actividad es reanimar el espíritu cristiano de la comunidad, al tiempo que se promueve la vocación misionera de los bautizados para diseminar la Palabra de Dios con los vecinos del barrio, especialmente aquellos alejados de la Iglesia. Por supuesto que también se invita a los jóvenes a seguir el llamado de Dios para ser sacerdotes misioneros o religiosas consagradas.

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Aunque ingresé con los Misioneros de Guadalupe hace 24 años y fui ordenado en 1997, esta ha sido la primera vez que participo como sacerdote en una animación.

Antes de ser ordenado sacerdote fui ingeniero civil y uno de mis primeros trabajos fue en el estado de Veracruz, pero incluía algunas obras en Tabasco. Por eso, cuando, durante mi estancia en la ciudad de Villahermosa, la gente con la que conviví en la Parroquia de San Juan Bautista, sector Casa Blanca, quería saber mi opinión sobre la comida, el clima, la gente y demás aspectos de su hermoso estado, yo les contestaba que en mis años mozos, cuarenta primaveras hacia atrás, había vivido ahí durante un tiempo y que todo me gustaba mucho, aunque ya no me acordaba que el clima de la capital fuera tan exageradamente caliente y húmedo.

Desde que amanecía, con el rezo del Rosario misionero de la aurora, a las 6 de la mañana, hasta que anochecía, con la Misa y las confesiones, a las 10 de la noche, la temperatura siempre se mantenía entre 35 y 42 ºC; la humedad considero que andaría por el 85% o más. Aquello era como un sauna gratis: ¡todo el día sudando y tomando agua!

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En este ambiente, la semana de animación se desarrolló sin contratiempos. Yo me admiraba de la participación tan entusiasta de la gente: hubiera o no ventiladores o aparatos de clima artificial, ellos estaban siempre presentes en las diversas actividades que se organizaban durante el día, como las visitas a los enfermos, la adoración al Santísimo, las pláticas por las tardes para niños, adolescentes y adultos, y la Eucaristía por la noche.

En la Misa de clausura, realizada el domingo 22 de mayo de este año y presidida por el P. Darío Clara, párroco del lugar, tuve la oportunidad de conocer a un buen número de los feligreses que durante esa semana de animación participaron en los cinco diferentes sectores en los que se subdividió la parroquia, a fin de llegar a un número mayor de personas entre los que, por diversas razones, se han alejado de la Iglesia, con la finalidad de invitarlos a volver y continuar formando parte del Cuerpo que nos da vida y nos une en el amor de Dios.

Le doy gracias a Dios, que me dio esta oportunidad de conocer a tanta gente bonita del sureste de México, con quienes compartí, en ese extraordinario “sauna”, las experiencias de fe que nos hacen ser miembros de la Iglesia que Cristo mismo fundó.