D. Ezequiel Reyes Alejandro, MG

Durante el mes de junio en todo el territorio brasileño se vive una gran fiesta, mejor conocida como festas juninas (en español la pronunciación sería con “ll”, es decir, lluninas). Se trata de un momento muy importante dentro de la cultura del Amazonas, porque expresa la combinación de la cultura indígena de Brasil y la cultura portuguesa. De la primera se toman las danzas indígenas, así como los adornos propios de la región, como son los colores de la naturaleza que sólo en esta parte del mundo se conocen y son característicos de la selva amazónica. De la segunda se retoman los símbolos religiosos, específicamente las fiestas de los santos de ese mes: san Juan Bautista y san Antonio.

Tuve la oportunidad de estar presente en las celebraciones de los dos santos, pero en distintas comunidades. El festejo a san Antonio fue el 13 de junio en la comunidad de Itapeazú, a una hora de la parroquia viajando en lancha. Esta comunidad se organizó para celebrar al santo patrono a lo largo de 13 noches, y cada noche contó con su respectiva rifa; los productos rifados fueron, por ejemplo: refrescos de dos litros, pasteles, cenas (un pollo entero ya cocinado) y hasta frutas, como sandías, pencas de plátanos, etc., e incluso algo tan inusual como animales vivos: gallinas, tortugas, pollitos.

Además de eso disfruté de danzas tradicionales, que aquí llaman cuadrillas y son como los bailables tradicionales de allá de México, sólo que con un ritmo tan particular que sólo en esta región de Brasil se danza. Para mí fue una experiencia maravillosa, convivir con los feligreses es lo mejor que puedo experimentar y de hecho no hubo noche en la cual no me compartieran de los alimentos que prepararon a lo largo de esos 13 días de fiesta en honor a san Antonio. Doy gracias a Dios por darme la oportunidad para vivir y compartir esta experiencia con cada uno de ustedes, Padrinos y Madrinas.

Por otra parte, respecto a san Juan Bautista, a quien recordamos el 24 de junio, fue festejado cerca de la parroquia, en una comunidad que se llama Barrio de la libertad, la cual se encuentra a 20 minutos a pie de la parroquia. La fiesta sólo tuvo una duración de 9 días, a diferencia de la fiesta en honor a san Antonio, pero de igual manera fue una experiencia digna de contar.

Además de las danzas y presentaciones, que sin lugar a dudas estuvieron muy bien organizadas, así como los distintos números de música que también se presentaron, quiero contarles la experiencia de una señora de nombre Nadir. Desde el primer día de la fiesta ella nos dijo que todas las noches nos iba a dar la cena, porque era la encargada de la cocina, así que todas las noches se preocupaba por esperar nuestra llegada y, desde el momento en que nos veía en la entrada de la cocina, se ponía su mandil, dispuesta a ofrecernos lo que tenía: pollo, pescado, res o alguna comida típica de esta región.

Llegó una noche en la que no pude acompañar al P. José María Luna J., MG, debido a otros compromisos pastorales dentro de la misma parroquia. Ese día no le habían llevado a Nadir la carne de res con la que iba a preparar la cena y estaba muy apenada porque, según decía, “nos había fallado”, pues lo único que le había sobrado desde la noche anterior eran mollejas y patas de pollo. Cuando el P. José María llegó y se sentó, la señora, apenada, se acercó a él y le dijo: “¡Padre Zé María (así es como llaman a los que llevan por nombre: José María) hoy les fallé! No tenemos otra cosa que mollejas y patas de pollo”. Entonces el P. José María le respondió: “Pero eso es también bendición de Dios, no dude en traerlas”.

Nadir, que había estado tan apenada hasta ese momento, se dispuso rápido a hacer una salsa de tomate con cebolla y, contenta, se puso a freír las mollejas y las patas de pollo que ya tenía hervidas. Cuando el P. José María me lo contó me di cuenta de que Dios puede hacer mucho en nosotros con aquello que consideramos pequeño: quitar el hambre de una persona con unas simples mollejas y unas patas de pollo. Ese momento, sin lugar a dudas, le dio el mejor sabor a los festejos de san Juan Bautista; de hecho, podría decir que él invitó al P. José María a imitarlo, pues san Juan Bautista comía saltamontes y miel, algo muy sencillo, pero ofreciéndolo todo para la gloria de Dios.

Queridos Padrinos y Madrinas, vivir estas experiencias y contarlas es la mejor forma de agradecer lo que ustedes hacen por nosotros. Tengan por seguro que todos los días ofrecemos nuestras oraciones por ustedes, sus trabajos, sus familiares, sus vecinos y todas aquellas personas que sólo Dios sabe cuánto necesitan de nuestras sencillas oraciones. Agradezco una vez más su amor generoso por el proyecto al que Dios nos ha llamado: ustedes, apoyando a la Misión, y nosotros, ofreciendo nuestras manos, pies y corazón para que todo lo que sea la voluntad de Dios se lleve a cabo en estas benditas tierras brasileñas. Les mandamos un fuerte abrazo y el deseo de que la Divina Providencia los auxilie en cada momento.