Juan José Ramírez Escarza

Al inicio de cada año el Papa envía un mensaje a los católicos del mundo para recordar la importancia de la paz en el mundo y motivar que cada cristiano aporte su esfuerzo en alcanzar la meta anhelada de la fraternidad universal.

Vivimos en una época en la que la comunicación global permite que la mayor parte de los seres humanos tenga acceso a la información más actual en cualquier momento. Sin embargo, también es común que se hagan globales algunos modelos culturales y formas de entender la vida que no están asentados en los valores humanísticos, sino en los principios de la competencia y la productividad, dirigidas al beneficio económico y al crecimiento individual en el área económico-laboral, incluso a costa del bienestar comunitario y del desarrollo integral de cada persona.

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Lo anterior suele generar de nuevo un conflicto en la relación entre culturas diferentes, vista como un “choque” y no como un encuentro. Cada uno de nosotros está marcado por una cultura que se aprende a través de la familia y los grupos humanos a los que pertenecemos, según el lugar donde nacimos y vivimos. Esto forma parte de nuestra personalidad, pero no nos excluye de una comunidad mayor que es la familia humana, donde se manifiestan culturas y formas de vida diferentes a la nuestra, pero que por lo general mantienen elementos comunes significativos, como son la búsqueda de la felicidad y la necesidad de una relación con el Creador.

Por ello, debemos volver la mirada al Evangelio y recordar las enseñanzas de Jesús, que nos invita siempre a conocer y apreciar al otro, con el ideal de una fraternidad verdaderamente universal, apoyada en el diálogo abierto, sin lo cual la paz entre los hombres no será posible.