P. Ignacio Flores García, MG

¡Hola, queridos Padrinos y Madrinas! Espero que la gracia de Dios esté con todos ustedes. Ahora que comenzamos este nuevo año quisiera pedirles un favor muy grande: una vez que hayan leído esta experiencia, anímense a compartirla con todos los jóvenes a su alrededor.

Antes de comenzar, me gustaría recordarles que, generalmente, al inicio de un año nuevo, sin duda muchos de nosotros ya habremos hecho propósitos y planes para seguirle dando sentido a nuestra vida; otros quizá estamos en el proceso de hacerlo, y tal vez algunos más podremos empezar a sentirnos motivados para comenzar a realizar algún proyecto, en este ambiente de inicios de enero.

El año pasado muchos de sus ahijados ingresaron al Seminario Mexicano de Misiones, con la finalidad de perseguir un propósito en sus vidas y, definitivamente, ser generosos al llamado que Dios les hacía para ser sacerdotes misioneros. Muchos de ellos ya están preparándose actualmente en su formación sacerdotal y orando por cada uno de ustedes. Por otra parte, algunos muchachos que compartieron la experiencia del seminario también tuvieron la sinceridad de tomar un camino diferente para perseguir la felicidad que Dios nos regala gratuitamente a cada uno, en medio de lo que somos y hacemos. Dios siempre respeta nuestra libertad y nos sigue bendiciendo.

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En este contexto me interesa compartirles la felicidad de los muchachos que, a partir de un proceso vocacional y procurando siempre responder generosamente al llamado de su vocación al sacerdocio misionero, me decían: “¡Ya mero, Padre!”, “¡Ya viene el preseminario!”, “¡Próximamente, Padre!”; y sí, “¡Próximamente!”, les respondía.

El tiempo de preseminario llegó y verlos convivir, felices, “locos” por la nueva experiencia, de verdad que me volvió a entusiasmar respecto al camino que alguna vez también recorrí.

En algún momento dentro de un paseo que tuvimos en la ciudad de Guadalajara, pude mirarlos de lejos, observarlos en su forma de ser, tan particular en cada uno de ellos: algunos más inquietos que otros, algunos más serios, otros más expresivos, pero al final todos se caracterizaban por unirse en un simple motivo: servir a Dios como sacerdotes misioneros.

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En poco tiempo muchos de ellos ya estaban pisando los corredores del seminario, asistiendo a clases de humanidades, haciendo la oración, apoyando el servicio, integrándose en la convivencia, etc. Al final, creo que este breve episodio me hizo constatar una vez más que las vocaciones abundan, solamente hay que motivarlas y acercarlas a la claridad del llamado de Cristo, quien nos pide seguirlo en medio de un mundo que tiene muchos ruidos tecnológicos, económicos y de otros tantos tipos.

El tiempo apremia y al mirarme en este nuevo año me pregunto cuántas sorpresas y monumentos encontraré. Tal vez, como estos jóvenes de quienes les hablo, haya entre ustedes, queridos bienhechores, otros tantos muchachos y muchachas entusiastas, de gran corazón, que puedan decir a las cosas de Dios: “¡Próximamente!”.

A veces pienso que lo único que hace falta es convertirnos en instrumentos del Señor para abrir las puertas e iluminar el camino a la juventud, siendo esa chispita que les muestre una propuesta divina a todos los jóvenes de nuestra patria, para seguir colaborando en la construcción del Reino de Dios, incluso en otras partes del mundo.

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Es por ese motivo que, en el servicio de animación misionera, me dedicaré con mucho cariño una vez más a acompañar y compartir la experiencia de mi sacerdocio misionero con aquellos jóvenes que sientan el llamado. Este ha sido ya uno de mis propósitos personales y hoy, con renovado entusiasmo, quiero continuar realizando esta Misión en el nombre del Señor.

Pero definitivamente no quiero hacerlo solo y es por ello que, como dije al principio, este es el favor que les pido: quiero invitarlos, queridos bienhechores, a ser también instrumentos de la animación vocacional, proponiendo respetuosa y libremente la misma invitación que Dios le continúa haciendo a tantos jóvenes para darle sentido a sus vidas, todos los años de su existencia, en proyectos que les entusiasmen, como lo es el sacerdocio misionero y la vida religiosa en general. Muchachas y muchachos, tengan confianza y, así como dijo algún día san Juan Pablo II a miles de jóvenes: “¡No tengan miedo!”.

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Queridos Padrinos y Madrinas, muchas gracias nuevamente por su apoyo y por la atención que le darán a este pedido que les hago con mucha confianza. Por mi parte, deseo que todos sus proyectos, planes y propósitos sean alcanzados en este nuevo año, y que nuestro Señor Dios les bendiga abundantemente y, en compañía de nuestra Madre del cielo, les acompañe en todo momento, tanto a ustedes como a sus familias.

Les quiero compartir un momento de alegría con estos muchachos. Si gustan pueden ver un pequeño video a continuación: