P. José Ausencio López López, MG

Ahora que ha terminado el Año de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco, debemos seguir el camino y continuar con las tareas que ese año jubilar nos invitó a realizar. Cuando uno dice “misericordia”, el corazón tintinea también al recordar las obras de misericordia, cuya práctica bien podría ser una minúscula respuesta de nosotros hacia la misericordia divina.

Asistir al necesitado y dar de comer al hambriento son un par de obras de misericordia, y la oportunidad de llevarlas a cabo se me presentó uno de esos días calurosos del verano pasado en Japón. Confieso con felicidad que no dejé que la indiferencia me sorprendiera, y es que ¡cuántas oportunidades dejamos escapar por mil pretextos o razones!

Les contaré, por ejemplo, una de esas torpezas espirituales que dejan marca y cicatrices por largos años en los rinconcillos del corazón. Pues bien, en un muy lejano verano, ya añejado por 25 o más años de distancia, a las puertas de la Misión en Kioto llegó un hombre de baja estatura, rostro bronceado y mirada suplicante, quien pedía una limosna para comer: el pan de antier, de ayer, del desayuno o la comida, para llenar el vientre marchito por el ayuno. Por esos días habían enviado una advertencia a las parroquias: “Se pide prudencia y cuidado porque va por ahí un estafador abusando de bondades…”, y era cierto: un delincuente asaltaba y tomaba el dinero de programas de compasión y caritativos de las iglesias. Por eso, cuando miré a aquel hombre, pensé: “¡Ya cayó la liebre al pozo!”.

Con amenazas, palabras gruesas (de las que no faltan en japonés) y advertencias de que llamaría a la policía, lo eché fuera de ahí. Cuando llamé a la parroquia vecina y comuniqué mi hallazgo, la secretaria me dijo: “Con esas barbas, esa talla de gigante y las patas de gallo que calza, cualquiera se sofoca de susto”. ¡Inmediatamente me di cuenta de que el “hombre de baja estatura, rostro bronceado y mirada suplicante, a quien yo había despreciado e injuriado, no era el temible vagabundo que rondaba las parroquias!

Se me enfrió el alma hasta los pliegues, y los choques eléctricos de las obras de misericordia corporales y espirituales comenzaron a acalambrarme el pecho. Corriendo fui por todo el pueblo, pues quería recuperar lo perdido. Pregunté, lo busqué y lo sigo buscando con remordimiento, porque nunca más volví a encontrar aquella cara, aquel rostro del hombre de baja estatura. Fue para mí un equívoco irreparable y triste.

Y en el verano pasado, tantos años después, mientras caminaba por el “incendio” de una de esas tardes veraniegas, sudoroso y pisoteando ya la undécima vuelta de la caminata, se me abrían de nuevo las compuertas de las obras de misericordia frente a otro hombre necesitado. “Perdone, ¿podría decirme si hay por aquí cerca una cerrajería para que me ayuden a abrir mi coche? Salgo del trabajo y mi niña me espera a la salida de la escuela”, me dijo un hombre. Le respondí: “Sí, vaya por ahí, a tres cuadras encuentra una”. Fue hacia allá, pero regresó con semblante angustiado y mirando su reloj. Al estar frente a mí, dijo: “Ahora que, si usted me presta un gancho de ropa o me ayuda a cortar esa ramita del árbol, resolveré mi problema. Basta que usted me permita apoyarme en su hombro para no caer…”, e hizo el ademán. Sin embargo, al final prefirió usar el gancho y con gusto fui a traerlo de la casa, mientras iba repitiendo las letanías de la misericordia: “Consolar al triste, ruega por nosotros. Enseñar al que no sabe, ruega por nosotros. Ayudar al necesitado, ruega…”.

Cuando regresé, gancho en mano, la “visión” había terminado. El hombre ya no estaba ahí y tampoco, en mi cuello, la cadena de oro con un cristo que me había acompañado durante 38 años; un regalo de mi hermana. El hombre aquel me la había robado profesionalmente. ¡Fue un contragolpe a la misericordia humana, no a la divina!

A quienes he contado esta experiencia me sugieren pedir por “justicia divina”, pero yo le digo a Dios: “Señor, estamos a mano. Unas por otras”. A final de cuentas, es una más de las ricas vivencias que tenemos los sacerdotes misioneros.