P. Damián Iván Bernal Cordero, MG

Queridos Padrinos y Madrinas, como ustedes bien lo saben, uno de los primeros contactos de nuestra parte con ustedes es a través de las diversas promociones que hacemos de la revista Almas, las cuales realizamos en diferentes partes de la república mexicana.

En una de estas ocasiones, en la Parroquia de san Joaquín, en Bacalar, Quintana Roo, tuve la gracia de presenciar lo maravilloso que es el amor de Dios para con sus hijos, concretizado en el amor mutuo de pareja. Por eso quiero compartirles esta estupenda experiencia.

P. Damián Iván Bernal C., MG.

Luego del viaje para ir a la promoción, cuando llegué a Chetumal, Quintana Roo, me pidieron que no me desesperara y se me informó que la Madrina que me daría hospedaje venía de un municipio fuera de la ciudad, a unos 30 minutos de distancia en carro particular. Me dispuse a esperar. Pasaron las horas y, ya después de un considerable tiempo, la señora Paula A. M., junto con su pareja, Eleuterio Méndez, pasó por mí y me llevó a su casa.

Durante el viaje, en el auto, platiqué con la señora Paula de diferentes cosas, mientras el señor Eleuterio manejaba, aunque de vez en cuando movía su cabeza para asentir o mostrar su desacuerdo, según el tema de la plática; pocas veces entabló una conversación con nosotros durante el viaje, y la mayor parte del tiempo se dedicó a conducir.

En el trayecto hacia su casa, la señora Paula se disculpó por el atraso, me comentó que se le había hecho tarde, ya que estaba esperando a Eleuterio para ir a recogerme, pero él no llegaba del trabajo; cuando ella había decidido irse sola a Chetumal, saliendo de Bacalar, recibió la llamada de su pareja, quien le dijo que ya estaba en casa, por lo que regresó para pasar por él, con la idea de no ir sola a Chetumal.

Al llegar a la casa empezamos a sacar las maletas del auto y comencé a desempacar. Fue en ese momento que Paula le dijo a Eleuterio: “Amor, te noto muy serio, ¿te pasa algo?”. Él le contestó que sólo estaba cansado, que no era nada.

Sra. Paula A. M.

Poco después, al estar ya los tres sentados en la mesa, mientras organizábamos el material para la promoción de la revista Almas, Eleuterio comentó, dirigiéndose a Paula: “Amor, tengo algo que decirte: tuve un accidente hoy en el carro del trabajo, mi compañero está en el hospital; nos volteamos al salirnos de la carretera”.

¡Ya se imaginarán la gran preocupación que le entró a Paula! Lo empezó a revisar, mientras le preguntaba qué había pasado, cómo había ocurrido, etc. De repente nuestra Madrina le preguntó: “Amor, y ¿por qué no me dijiste nada desde que te recogí para ir a traer al Padre, o en el camino hacia Chetumal… y, peor aún, ¿por qué no me hablaste durante el día para decirme?

Ante estas preguntas Eleuterio le respondió de una manera muy calmada y viéndola a los ojos: “Amor, yo estaba bien, y sé que padeces de los nervios y además tenías bastantes cosas por hacer. No te podía avisar y no quería interrumpir tus actividades programadas, como el ir por el Padre a Chetumal, entre otras. Necesitaba yo estar contigo, viéndote, para contarte con calma lo que pasó, sabiendo que tú estarías bien al verme ya aquí a tu lado”.

Me quedé atónito, porque además remató con estas otras palabras: “Te lo digo hasta ahora porque te amo”.

Pasados unos minutos, les sugerí que fueran al área de urgencias de un hospital para una valoración y para que a Eleuterio le pudieran recetar algunos medicamentos. Incluso les recomendé que después del fin de semana, con mucha más calma, fueran a ver a un médico. Afortunadamente siguieron mi consejo y gracias a Dios el accidente no pasó a mayores.

Ante esta vivencia sólo me queda decir: ¡Qué grande es el amor de Dios para con sus hijos y qué maravilloso es contemplarlo en ese amor mutuo que se manifiestan en infinidades de veces las parejas en el día a día, en los más mínimos de los detalles!

Padrinos y Madrinas, los invito a que en lo cotidiano de nuestros días estemos atentos al gran amor de Dios para con nosotros, expresado en los más mínimos detalles y consideraciones de los demás hacia nuestras personas. Les envío un afectuoso saludo y les recuerdo que están siempre presentes en mis oraciones.