Todas las formas de vida consagrada, cada una según sus características, están llamadas a estar en permanente estado de Misión, compartiendo «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (Gaudium et spes, num. 1). El Evangelio nos dice también que «Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño» (Lc 2, 33). José y María custodian el estupor por este encuentro lleno de luz y de esperanza para todos los pueblos. Y también nosotros, como cristianos y como personas consagradas, somos custodios del estupor. Un estupor que pide ser renovado siempre; cuidado con la costumbre en la vida espiritual […] Nuestros fundadores han sido movidos por el Espíritu y no han tenido miedo de ensuciarse las manos con la vida cotidiana, con los problemas de la gente, recorriendo con coraje las periferias geográficas y existenciales. […] han tenido siempre en el corazón una sana inquietud por el Señor, un deseo vehemente de llevarlo a los demás, como han hecho María y José en el templo. También hoy nosotros estamos llamados a realizar elecciones proféticas y valientes.

Francisco
Homilía de la Fiesta de la Presentación del Señor,
XX Jornada Mundial de la Vida Consagrada
2 de febrero de 2016