P. Ignacio Flores García, MG

Apreciables Padrinos y Madrinas, especialmente los jóvenes inquietos y llenos de vida, reciban un afectuoso saludo, con el deseo de que la gracia de Dios se derrame abundantemente en cada uno de ustedes y de sus familias.

En este segundo mes el año, todavía con el ambiente festivo por el inicio de un año nuevo, quiero compartirles la experiencia de uno de sus ahijados seminaristas que realizaron el Curso de Espiritualidad y Pastoral el año pasado. Este testimonio es, sin duda, el de una experiencia que brota del encuentro que Rubén Alcántara ha tenido con el Señor durante este tiempo de su formación.

 

Del caminar al encuentro: ponerse en camino

Queridos lectores de la revista Almas, quiero compartirles mis impresiones acerca del Curso de Espiritualidad y Pastoral (Cespa). Nuestra estancia en estos primeros días de experiencia ha sido marcada por una actividad común y constante no sólo en Ixmiquilpan, Hgo., sino también en los demás pueblos dentro del Valle del Mezquital: caminar.

Sem. Rubén Alcántara Castillo.

Las personas caminan para ir a la plaza o durante el día de compras en el mercado, los lunes; caminan para hacer sus pagos en el banco o recoger las ayudas del gobierno; caminan para ir a Misa; caminan para hacer grandes y largas procesiones en las que acompañan al santo patrono: el Señor de Jalpan; caminan para dirigirse a otros hogares donde habrá fiesta y se hacen preparativos para recibir a grandes cantidades de personas, como la elaboración de tamales, chocolate, adornos, etcétera. En fin: la actividad de todos los días es caminar.

Esta peculiaridad que he visto aquí me recuerda lo que somos: peregrinos por este mundo, en este tiempo y este espacio.

Miembros de una de las comunidades del Valle del Mezquital.

Visto desde la fe, también caminamos, pero con un gran fin común: encontrarnos con la Providencia en la gloria eterna. Somos peregrinos y no turistas, porque, aunque sabemos cuál es nuestro destino final (la casa del Padre), en el cotidiano andar, en el constante ponernos en camino, no siempre habrá personas o experiencias gratas que admirar, como cuando en las vacaciones o paseos sabemos que nos espera un delicioso bufet, una grandiosa recámara, grandes salas de arte, templos o paisajes que admirar. Las vacaciones o el ser turista no son para toda la vida, en cambio, ponerse en camino, ir al encuentro con Jesús o con los hermanos, es una actividad de todos los días, anhelo de estar con Él y con ellos, más aun en tiempos de prueba, de dificultad o de desierto.

Apenas llevamos un mes en el Cespa, pero en este tiempo esa ha sido también nuestra experiencia. Conformamos una comunidad más pequeña: nueve personas. Empezamos a vivir una etapa totalmente diferente, cada uno intenta salir de sí mismo para ponerse al encuentro con Jesús, y también al encuentro de los hermanos. En este mes poco a poco hemos descubierto que no hemos venido a esta etapa –que con gusto solicitamos– para ser turistas. Más bien, como dicen nuestros hermanos en San Nicolás y en otras comunidades aledañas: “Hemos llegado para caminar no solos, sino juntos, incluido Jesús”. Él es el Maestro y, como no hay itinerario trazado, son válidos los tropiezos y entendibles las inestabilidades.

Creo que este tiempo es propicio para dejar que Dios me encuentre; para verlo, escucharlo, y perdonarme. Son evidentes los ruidos, miedos y conflictos, pero la gran ventaja es que Jesús nos garantiza y promete caminar con nosotros, y nuestros ojos lo pueden ver, como dicen las palabras de Job: “Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” (Jb 42, 5).

Algunos sacerdotes Misioneros de Guadalupe que nos han visitado y compartido su experiencia en el trabajo misionero nos han insistido en que aprovechemos esta etapa, porque será única y no habrá otro año para estar tan íntimamente cerca de Dios y dentro de la experiencia de vida en comunidad.

Si nos mueve mucho la invitación del Papa Francisco a salir fuera para “armar lío” (Palabras del Santo Padre Francisco en el encuentro con los jóvenes argentinos en la Catedral de san Sebastián, jueves 25 de julio de 2013), creo que cada uno se ha puesto en camino, en salida de sí mismo para permitir que Jesús haga lío en nuestras vidas, nos entrene, y, entonces sí, el lío que queramos armar deje huella, siembre la semilla del Evangelio e instale a Jesús en cada corazón y cada rostro que se nos presente.

A un mes de estar en esta nueva casa da gusto recordar que somos invitados a ser peregrinos y no simples turistas. También da gusto reconocer que ponerse en camino es una experiencia dolorosa, pues hay que dejar nuestra casa y las comodidades, pero eso nos lleva a afrontar los miedos para encontrarnos con Él y elegir la mejor opción para el Señor Jesús.

Alumnos del Seminario de Misiones.

A quienes lean estas líneas les pido que recen mucho por nuestra conversión, por nuestra alegre respuesta al llamado, por nuestra aceptación al estilo de vida que se nos ofrece, para que desde nuestro corazón aceptemos el lío que Jesús propone. Oren para que el lío que emprendamos dé frutos abundantes para la construcción del Reino de Dios. Oren por Adrián, Carlos, Manuel, Daniel, Gerardo, César, Rubén y el P. Alejandro, sus ahijados misioneros.

 

Queridos bienhechores, con esto finaliza el testimonio que nos platica Rubén. Les comento que comparto ampliamente su sentir, y creo que la intención de su ahijado seminarista consiste en que también nosotros nos pongamos en camino, que cada uno nos pongamos en movimiento al encuentro con Dios, a través de las situaciones particulares de nuestra vida diaria y ahí hagamos el “lío”, que no es otra cosa que anunciar que Dios ha hecho –y seguramente seguirá haciendo– grandes maravillas por ustedes y por nosotros.

Jóvenes, queridos Padrinos y Madrinas, ¡pongámonos en camino! ¡Que Dios les bendiga!