P. Sergio Arturo Chavira Álvarez, MG

Durante mis vacaciones en la patria el año pasado, en los días de mi estancia en la Casa General de Misioneros de Guadalupe, ubicada en Tlalpan, Ciudad de México, se recibió una llamada de la comunidad de las Hermanas Trinitarias, vecinas de la misma zona, quienes solicitaban la presencia de un sacerdote para ir a visitar a una persona enferma.

Me comuniqué al teléfono indicado y me contestó Iridi, la hermana menor de la persona enferma. Concertamos la cita y pasó por mí al día siguiente. En el trayecto a su casa, Iridi se presentó como maestra voluntaria en la comunidad de las Hermanas Trinitarias, y platicamos un poquito sobre la vida de su hermana enferma, Mallely Carolina, o Caro, para sus amigos.

Caro, con gran entusiasmo, eligió la licenciatura de Médico Veterinario Zootecnista, solicitó el apoyo a la familia y luchó con ahínco hasta alcanzar el grado de maestra. Durante su formación y posterior a su titulación, Caro trabajó en esta área que tanto le gustaba, pero empezó a manifestar síntomas de una afección llamada esclerodermia, una enfermedad autoinmune que ataca a diferentes órganos en forma conjunta, provocando invalidez, condición que se agudizó hace tres años y que le impidió continuar con su trabajo.

El P. Sergio Arturo Chavira Á., MG, escuchando una confesión.

Obligada al confinamiento en su hogar, cinco semanas atrás la situación de Caro sufrió una complicación más, por lo que tuvo que ser internada en el hospital, hasta agotar todos los recursos médicos posibles. Su deseo manifiesto de no permanecer en ese lugar propició su traslado a casa, consciente de que tenía pocos días de vida.

Al llegar a la casa, los familiares, que sabían de nuestra llegada, nos recibieron y, después de un breve preámbulo en el que me indicaron que Caro estaba bajo el efecto de los medicamentos, fuimos conducidos a su habitación. Para nuestra sorpresa encontramos a una persona muy lúcida, lo que me permitió preguntarle cómo estaba. Su respuesta fue que bien, y a continuación, con una actitud firme, me hizo el siguiente comentario: “El dolor que experimento se lo ofrezco a Dios, para unirlo al dolor de Jesús en su pasión”, al tiempo que apuntaba con su dedo hacia una cruz que colgaba de la pared de su cuarto.

Las palabras de Caro provocaron en mí una reacción de asombro al ver la fe tan firme que mantenía, a pesar de los largos años de sufrimiento y frustración, al ver su vida y su carrera truncadas por tan despiadada enfermedad. A continuación le pregunté si quería que hiciéramos oración y mencioné los sacramentos de la Iglesia, haciendo hincapié en el Sacramento de la Unción de los Enfermos.

Sacerdotes MG durante una Animación Misionera en México.

Caro estuvo de acuerdo en recibir los santos óleos. Le expliqué del cambio de sentido impuesto al sacramento por el Concilio Vaticano II, para responder a la necesidad e importancia de asistir a todos los enfermos (no únicamente a quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida) para que el Espíritu Santo los acompañe y reconforte, de conformidad con el mandato de Jesucristo: “En mi nombre impondrán las manos sobre los enfermos”.

El ritual de la administración de este sacramento presenta el pasaje del capitán de la guardia que se acerca a Jesús y le dice que su sirviente se encuentra en cama, totalmente paralizado, tomado del Evangelio de san Mateo. Cuando Jesús le dice que irá a sanarlo, el capitán le contesta que una palabra suya bastará para que el sirviente sane, pues no se siente digno de que el Señor entre en su casa.

La fe del capitán, que asombra a Jesús, es la misma que mantuvo Caro hasta el final de sus días. Uniendo su sufrimiento al de Jesús en su Pasión, Caro siempre confió en que Dios estaba con ella y que Él mismo la llevaba de la mano hasta entrar en la Casa celestial.

El P. Sergio Arturo Chavira Á., MG, administrando el Sacramento de la Eucaristía.

Caro volvió a la Casa del Padre unos días después de que la visité. Reconfortada con el aroma de los óleos santos, su rostro mostraba una sonrisa como si le estuviera diciendo a Jesús: “Una palabra tuya me basta para conseguir la curación y la vida eterna”.

Le agradezco a Dios el regalo inmenso que me concedió al darme la oportunidad de conocer a Caro y a su querida familia. Le pido a Dios que fortalezca mi fe, y a ella le digo: “¡Descansa en la paz de Jesús, querida Caro!”.