Juan José Ramírez Escarza

Estimados lectores, en este tiempo de Cuaresma podemos recordar las palabras de san Pablo: “Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8, 9). Estas palabras nos hablan de la gracia de Dios que, por amor, no duda en darse y sacrificarse por nosotros, sus hijos. Jesús se encarnó como un hombre, excepto por el pecado, del cual vino a salvarnos, y realizó su obra de misericordia en medio de nosotros.

Sabemos que Él nos encargó continuar con su Misión para seguir salvando a los más necesitados del mundo. Esta necesidad se refiere tanto a la miseria material de las personas que no cuentan con los recursos mínimos para vivir con toda dignidad, como a la miseria espiritual de aquellos alejados de Dios y que no conocen a Cristo.

A imitación de Jesús, los cristianos tenemos la responsabilidad de hacernos cargo de la miseria de nuestros hermanos y realizar obras para aliviarla. La vida de cada católico debe ser el testimonio vivo de la misericordia y la caridad enseñada por Jesús: orientar nuestras acciones al fortalecimiento de la dignidad humana, la justa distribución de las riquezas y todo acto que conlleve a la justicia, la igualdad y la fraternidad.

Así mismo, debemos hacer nuestro el gozo por compartir con los demás la Buena Noticia del Evangelio de Cristo: llevar a cada rincón de la tierra el anuncio de libertad, hacer saber a todos que Dios es más grande que el pecado y nos ama gratuitamente y en todo momento. En especial esta Cuaresma podemos compartir este bien con corazones afligidos y dar esperanza a quienes no encuentran razón en su existencia; con ello imitaremos con plenitud a Jesús, que fue en busca de los pobres, los pecadores, los más vulnerables de la tierra.