P. José Guadalupe Martínez Rea, MG

Reflexionar detenidamente acerca de la Iglesia como Cuerpo de Cristo nos arroja un rayo de luz para entender nuestra identidad cristiana y, más aun, nuestra propia Misión. Así como cada miembro es indispensable en la función del cuerpo, de la misma manera, cada cristiano es vital en la participación de la Misión de Cristo como cabeza. La Misión ultima de este cuerpo que es la Iglesia es esforzarnos cada vez más en asemejarnos a Él, hasta que Cristo esté formado en cada uno de sus miembros (Ga 4, 19).

Se dice fácil, o al menos pareciera melodioso para aquellos que lo escuchan una y otra vez. Sin embargo, cuando hay una experiencia sincera de un cristiano que se une íntimamente con Cristo, se despierta en él una conciencia personal de que cada bautizado es un miembro, un ligamento, una célula que hace de la Iglesia un organismo vivo y dinámico.

P. José Guadalupe Martínez R., MG.

De forma progresiva, la estrecha unión con Cristo hace despertar en cada bautizado la conciencia de que por sí mismo no conforma el cuerpo en su totalidad, sino que está unido al otro. Es por eso que se estimula y produce en cada uno de los fieles la caridad: si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; si un miembro es honrado, todos los miembros se alegran con él. La experiencia de ser Iglesia se expresa en cada acción, sea pequeña o grande, que manifiesta el amor y la preocupación por el otro, en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad.

Y, precisamente, Dios me permitió ser testigo de esto en el lugar donde me encuentro trabajando la actualidad: la Parroquia de Cristo Rey, en el barrio de Kibera, Nairobi, Kenia. Patrick, un joven que vive con su esposa y su niño de cuatro años de edad, cayó enfermo por algo que los doctores no podían identificar. Casi por dos semanas, todas las noches padecía de altas temperaturas y delirios. Patrick, junto con su esposa, al ver que, a pesar de los esfuerzos médicos, no había ningún resultado que pudiera aliviar su condición, decidieron hablarle al sacerdote.

El coordinador de la zona parroquial a donde pertenece Patrick me explicó la situación y me pidió que hiciera una visita a su casa para oficiar una Misa. Cuando llegué a su casa me encontré con un considerable número de gente en espera de iniciar la oración. Como de costumbre, los que cabían se encontraban dentro de la casa, en el reducido espacio de 4 x 2 m, típico de una casa en el suburbio de Kibera; la demás gente se distribuía a lo largo del estrecho callejón, afuera de la casa. El reducido espacio no era de importancia, como ellos lo llegan a expresar: “siempre hay espacio para uno más”.

Niños católicos de la Misión de Kenia.

Después de hablar por un momento con Patrick, iniciamos la Misa en intención por su salud. Parecía un momento ordinario, hasta que, al concluir la Eucaristía, la esposa de Patrick tomó la palabra para agradecer la presencia de todos.

Su agradecimiento sincero y profundo me movió a mirar detenidamente a todos los que estaban presentes. Observé que, aparte de los miembros de la pequeña comunidad cristiana a la que pertenecía Patrick, se encontraban también feligreses de las capellanías vecinas, todos juntos, orando por él.

La esposa de Patrick continuó su discurso, explicando cómo, en una noche en que Patrick se encontró muy enfermo, se comunicó por celular con varios de los cristianos. En primera instancia ella pedía que fueran a su casa en ese momento para orar, pero más tarde entendió las razones por las que era casi imposible ir en altas horas de la noche, debido a los problemas de seguridad que se viven en las calles de Kibera.

Sin embargo, eso no detuvo la tarea de unirse en la oración: los que recibieron primero la noticia enviaron mensajes por celular a más miembros, quienes a su vez lo comunicaron a otros más. La esposa de Patrick recibió llamadas en las que la gente le aseguraba que en ese instante, desde sus casas, se unían en oración; en ese momento se formó una red en la que todos estaban conectados por una misma intención.

El P. José Guadalupe Martínez R., MG, bautiza a un niño keniano.

Ella aseveró que en esa misma noche Patrick, poco a poco, se fue incorporando, hasta que por fin pudo tomar fuerza y pedir algo de comer. Por esa razón, ella agradecía a todos la unión que les brindaron en la oración, afirmando con estas palabras: “Todos nos tomaron de la mano cuando estábamos caídos”.

Lo que me pareció todavía más admirable fue observar la presencia de todas aquellas personas que se solidarizaron por Patrick. Era la imagen de una Iglesia unida, en la que sus miembros prestan atención a aquel que lo necesita. Era la imagen de una Iglesia de vecindario donde el vecino no podía pasar desapercibido. Una Iglesia que manifiesta su amor solidario en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad. Una Iglesia que sufre con el que sufre y fortalece al que lo necesita.

Este acontecimiento me hizo reflexionar el modelo de Iglesia que Cristo, como cabeza, nos invitó a seguir. ¡Qué grandioso es ver una Iglesia en donde todos los miembros se congregan para solidarizarse con el otro! ¡Qué grandioso es ver una Iglesia en donde cada miembro es valorado por lo que es y no pasa desapercibido. ¡Qué grandioso es ver una Iglesia que trae esperanza porque se hace presente con el que llora, con el que sufre, y se alegra con el que sonríe!

La labor que hizo la comunidad cristiana del barrio de Kibera podría parecer una acción del tamaño de una célula, en comparación con todo el organismo que es la Iglesia universal. Sin embargo, si esta acción no hubiera estado presente, estoy seguro de que el cuerpo de la Iglesia, que es una, la hubiera echado de menos.

Queridos Padrinos y Madrinas, por nuestro Bautismo todos formamos parte de la Iglesia de Cristo. Por lo tanto, mi presencia, su presencia y la del otro constituyen una parte primordial en el Cuerpo de Cristo. Es por eso que mi acción y sus acciones, sean una obra caritativa, un gesto, una visita, una simple palabra o una presencia ordinaria pero significativa, son gérmenes seguros de unidad, esperanza y salvación para todo el género humano.