P. Ignacio Flores García, MG

Queridos Padrinos y Madrinas, con mucho gusto les saludo nuevamente, con el deseo de que el Señor siga derramando sus bendiciones en cada uno de ustedes, sus trabajos, sus familias y los diversos proyectos que realizan. En esta ocasión, para nuestra sección “Pastoral vocacional”, quiero compartirles la alegría de ver realizado como sacerdote a uno de sus ahijados que por tantos años se preparó en México dentro del Seminario de Misiones, además de haber partido al extranjero, específicamente a la Misión de Kenia, para realizar sus estudios teológicos.

“Emocionado, contento y agradecido con Dios”, fueron las palabras con las que se expresó el ahora Padre Misionero de Guadalupe, Pedro García Flores, en un momento de gran dicha y felicidad durante la Misa de su ordenación.

El P. Pedro es originario de la región mazateca del estado de Oaxaca y actualmente se encuentra colaborando con gran entrega en la construcción del Reino de Dios en las Misiones africanas.

Pues bien, han de recordar que, anteriormente, en los artículos que corresponden al año 2016 de esta sección de su revista Almas, les platiqué sobre nuestra formación hacia el sacerdocio misionero y que, una vez que concluimos nuestras etapas de formación y diaconado, somos enviados de regreso a México para recibir el orden sacerdotal.

Padres MG acompañan al neosacerdote Pedro García F., MG.

Pues justamente este fue el caso del P. Pedro, quien, una vez cumplida su meta de preparación académica y pastoral, regresó a sus tierras mazatecas para consagrarse finalmente como un misionero evangelizador.

En algún tiempo, el P. Pedro y un servidor fuimos compañeros y nos volvimos “primos de dicho” al constatar que teníamos los mismos apellidos sólo que inversos: él es García Flores, y yo, Flores García. Esta curiosa coincidencia nos hacía compartir momentos de bromas, chistes y, a veces, de risa al hacer la travesura de presentarnos como primos y justificarnos con nuestros apellidos doblemente coincidentes.

Recuerdo cuando el P. Pedro vino a invitarnos, a toda la comunidad de sacerdotes y seminaristas del Seminario Mayor, en la Ciudad de México, para compartir la alegría de ser consagrado sacerdote misionero próximamente.

En algunas ocasiones yo lograba percibir mucho sus emociones de felicidad, entusiasmo y expectativa. Algunas veces más también percibía sus nervios por la festividad, cual novio que está pronto a contraer matrimonio; sin embargo, predominaba más la alegría de ser próximamente un ministro misionero en las tierras de África.

También me viene a la mente el recuerdo valioso de haber participado de aquel momento tan sorprendente en que, por los ritos y costumbres de su comunidad oaxaqueña, el día anterior a la fiesta le lavaron la cabeza varias personalidades distinguidas de su familia y de la comunidad, mientras que, a través de símbolos y palabras especiales, lo introducían al nuevo tipo de vida de compromiso que llevaría en su nueva Misión.

Misa de ordenación del P. Pedro García Flores, MG.

Me apena decir que no entendí lo que decían, pues todo fue tradicional y en su lengua madre, que es el mazateco. Algunos de sus familiares me explicaban que era un rito que se hacía para novios que contraerían matrimonio, y entonces entendí que todos esos rituales formaban parte de algo importante: el compromiso y la seriedad de la cual todos sus familiares y conocidos cercanos eran testigos.

Esa jornada previa a la ordenación fue día de fiesta, las calles de su comunidad se engalanaban por la bendición de donar a “uno de ellos”; en este caso era un muchacho jovial, alegre y decidido a compartir su vida en las Misiones.

La Misa de ordenación llegó y, nuevamente ahí, entre ritos peculiares de su cultura hermosa, la presencia de amigos e invitados venidos desde diferentes partes de la república, el P. Pedro recibió la alegría de dar su vida al servicio de Dios, pues, como él mismo lo expresó: “Ser sacerdote misionero no vale la pena, vale la vida”.

Los Misioneros de Guadalupe que lo acompañamos, junto a un grupo de seminaristas, quedamos muy a gusto por haber sentido desde nuestras raíces mexicanas la bendición de saber que Dios no tiene preferencias ni gustos particulares en cuanto a condición social, color de piel o raza, pero si un gesto cálido y amoroso para aquellos a quienes decide llamar para que le sirvamos.

Desde una experiencia personal, el orden del sacerdocio que recibimos sus ahijados Misioneros de Guadalupe efectivamente nos provoca emoción, gran contento y, principalmente, gratitud con Dios, con nuestras familias y, desde luego, también con ustedes, queridos bienhechores, que nos apoyan bastante en el cumplimiento de nuestra tarea evangelizadora.

Quiero seguir invitando a los muchachos que tienen inquietud por servir al Señor en tierras extranjeras a que se arriesguen a sentir y compartir el amor de Dios con palabras y acciones concretas en beneficio de nuestros hermanos que lo necesitan.

Los jóvenes de hoy también pueden ser llamados a servir a Dios en este gran proyecto que es la vida religiosa. Jóvenes, ¡anímense a escuchar la voz de Cristo que les llama y les invita a formar parte de la Misión que Él nos tiene preparada! Al final podrán constatar y afirmar, como el P. Pedro, que esto “no vale la pena, vale la vida”.

Les comparto un video que realizamos durante la ordenación del P. Pedro García, Misionero de Guadalupe enviado a Kenia.