Juan José Ramírez Escarza

En su Carta a los Colosenses, san Pablo dice: “Ustedes estaban muertos a causa de sus pecados y de la incircuncisión de su carne, pero Cristo los hizo revivir con Él, perdonando todas nuestras faltas […] Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Col 2, 13; 3, 1).

Este fragmento de la Sagrada Escritura nos muestra que la Resurrección de Cristo supera todos los errores humanos y nos redime. Cristo, al encarnarse y vivir como uno de nosotros, nos trae la semilla de las cosas de Dios. Esos “bienes del cielo” no se refieren a cosas u hechos ajenos a nosotros, sino a la puesta en práctica de los valores que Él nos enseñó para fomentar el bien común. En otras palabras: vivir nuestra vida terrenal con los criterios celestiales: justicia, paz, fraternidad, el respeto al prójimo, etcétera.

Cristo murió por todos, salvando a todos, y nos dejó el legado de su vida. Él pasó haciendo el bien y ahora aquellos que caminan a su lado encuentran la salvación. Así mismo, su resurrección es el hecho más evidente de la omnipotencia de Dios, y por eso dejó encomendada a la Iglesia la Misión de anunciarla a todo el mundo. Somos los discípulos del Salvador que murió, resucitó y vive una vida que no morirá jamás. Esta es la esperanza de los cristianos y puede ser la mejor defensa contra la tristeza y las angustias en el mundo.

En la actualidad de nuestro país, con tantas sombras y crímenes, con tanta indiferencia por la vida, con una sociedad dividida y polarizada, la Iglesia tiene la tarea de alumbrar con la esperanza de que más temprano que tarde brillarán la verdad y la justicia, y regresará nuestro Señor a realizar su Reino. La Misión de la Iglesia es anunciar desde siempre la presencia viva del Resucitado, y buscar las cosas del cielo aquí en la tierra.