P. Ignacio Flores García, MG

Queridos bienhechores, con el deseo de que se encuentren muy bien, les envío un afectuoso saludo, especialmente a todas aquellas Madrinas que en este mes de mayo celebran una fecha especial por su maternidad. Quiero atreverme a decir que todas las mujeres son madres desde el hecho de que comparten la naturaleza de ser mujeres, amigas, hermanas y ejemplo vivo de generosidad.

Feligresa de una de nuestras Misiones en África, con sus hijos.

Hablando de generosidad, en mi trabajo como promotor vocacional he sido testigo fiel de todas esas mamás que con una lágrima en su corazón, escondida y enmascarada por una sonrisa la mayoría de las veces, tienen la gran capacidad de desprenderse de un hijo o una hija para darle las alas que le lleven por los cielos de su propio destino. Por ejemplo, recuerdo a mi madre diciéndome un día a solas, cuando estaba a punto de salir a Misiones y de no estar con ella ni con toda la familia por un muy largo tiempo: “Hijo, que Dios te bendiga y te acompañe, y que no se te olvide que esta será siempre tu casa; el día que decidas volver, aquí estará siempre tu madre”.

Todavía tengo estas palabras muy frescas en mi mente y el recuerdo de una madre que no puede pedir otra cosa que el amor y el bienestar de aquella persona que ha nacido de su vientre. Experimentar todo esto es siempre algo reconfortante.

Mujeres católicas en nuestras Misiones africanas.

A lo largo de mi servicio misionero como promotor de la vocación también he compartido parte de las cargas que una madre lleva en su corazón y en su instinto maternal cuando me dice: “Padre, cuide mucho a mi hijo”, o: “Ahí se lo encargo”, o: “Jálele las orejas si es necesario”, o: “Es travieso, pero es un buen muchacho”, etcétera.

Mi aprecio y valoración hacia estas y tantas mamás crece entonces, especialmente al tratarse de una etapa definitiva en la vida de una persona, cuando toma decisiones importantes, en este caso por entrar al seminario, y la generosidad de la mamá se manifiesta por fin en un gesto profundo de desapego y simplemente dicen: “Si eso te hace feliz, sigue tu camino. Dios te bendiga y aquí estará siempre tu madre”.

Mamá africana con sus dos hijos.

Hace dos años una mamá me compartió lo más importante del momento en que donó un hijo a las Misiones. Me acerqué a ella y le pregunté: “¿Cómo se siente?”. Entre nervios y cierto desconcierto, pero feliz de que su hijo estuviera estudiando en el seminario y de que finalmente llegara a la meta, me expresaba su alegría por las cosas que su hijo ahora le enseñaba, incluso para su propia vida. Cuando al final le pedí que dijera algunas palabras para todas aquellas mujeres que podían dar un hijo en ofrecimiento a Dios, nuestro Señor, ella, sin duda, comentó que motivaran a sus hijos al estudio, a la preparación y a ser servidores de Dios.

Cuando recuerdo ese momento también viene a la memoria mi madre y, por tanto, imagino de verdad toda la generosidad que existe en el corazón de todas las mamás.

Por este motivo, y a través de la revista Almas, invito a todos ustedes, queridos Padrinos y Madrinas, a que se unan conmigo para rezar por todas las mujeres del mundo, especialmente por las que no nos acompañan más en esta vida físicamente.

El P. Ignacio Flores García, MG, con los miembros de una comunidad católica en África.

Honremos a todas esas mujeres “mentirosas” que dijeron estar bien cuando una espina les picaba el corazón y les provocaba un gran dolor. Oremos por aquellas “egoístas” que se ignoraban a sí mismas y se quitaban el pan de la boca o no estrenaban alguna ropa o calzado por dar a sus hijos lo mejor. Vamos a acordarnos de aquellas mamás “malas” que nunca dieron un permiso a los hijos, sabiendo que corrían grandes riesgos en esas fiestas donde el vino y el alcohol arrebataban la vida de los jóvenes. Oremos también por las madres “envidiosas” que siempre buscaron nuestro bien en vez de algunas cosas que nos hicieran el mal. Pidamos por las “magas” que siempre aparecieron el pan y estiraban el gasto, sacando a veces de la nada una moneda para un dulce; por las “maestras” que siempre nos enseñaron; por las “doctoras” que nos atendieron cuando enfermamos; por las “chefs” que todos los días procuraron deleitarnos aunque fuera con un plato de frijoles y una tortilla caliente; por las “abogadas” que siempre nos defendieron a capa y espada; por las “diseñadoras” que nos sugirieron decorar nuestras vidas con mejores decisiones; por las “amigas” que siempre han estado ahí para escucharnos; por las “veladoras” que nos cuidaban siempre hasta altas horas de la noche y que siempre nos esperaron a que llegáramos a casa sanos y salvos; por las madres y abuelitas que fueron y son nuestras primeras catequistas, y nos enseñaron las primeras oraciones… Por todas ellas pidamos en este mes, y agradezcamos a Dios por su gran generosidad.

Feligresa de una de nuestras Misiones en África, con sus hijos.

Queridos Padrinos, que Dios los bendiga. Queridas Madrinas, reciban un abrazo, un beso muy grande y el mayor agradecimiento por el mérito de su misión en esta vida, en la familia y con los hijos. Los invito a que miren el video de una mamá que dona a su hijo para la Misión: