Juan José Ramírez Escarza

Estimados lectores de Almas, hemos pasado ya la mitad de un año que, como los anteriores, seguramente ha estado marcado por los altibajos de la vida diaria, entre los que se suman tantos eventos que siempre nos provocan desazón y desesperanza: la violencia en el país, la falta de empleo y oportunidades, los problemas familiares, las enfermedades y hasta la pérdida de algún ser querido son algunas de las muchas cosas que en cualquier momento pueden ocurrirnos.

Día tras día pareciera que la vida transcurre y las dificultades no desaparecen, y es en esos momentos cuando más dudamos de nuestra fe, aunque curiosamente también es ahí cuando más fortaleza puede darnos la confianza en Jesús y en su misericordia.

En medio de las divisiones e injusticias sociales, debemos promover la solidaridad y la caridad que nos enseñó Jesús. Aun cuando los gobiernos se preparen para la guerra, el cristiano debe seguir dando testimonio de su fe para que esta se convierta en un símbolo de paz. Cuando sintamos que en nuestras relaciones familiares, laborales, etc., sólo abundan los rencores y desavenencias, debemos voltear a nuestra fe para buscar en ella las semillas de reconciliación y esperanza.

Jesús se hizo uno de nosotros y conoce a la perfección las dificultades de la vida humana. Vivió una época de violencia para su pueblo y no pertenecía a la elite económica ni política. Sin embargo, en su sencillez nos mostró el camino para modificar la historia desde nuestra propias vidas. Hasta hoy, si dejamos que Él entre en nuestras vidas, podemos caminar con la confianza de que todas las crisis tienen una solución.