Juan José Ramírez Escarza

En una homilía pronunciada el 18 de mayo de este mes, el Papa Francisco afirmó que el amor de Jesús no tiene medida, como los amores “mundanos”, que buscan poder y promueven la vanidad: “Existen otros amores. También el mundo nos propone otros amores: el amor al dinero, por ejemplo; el amor a la vanidad; el amor al orgullo; el amor al poder […] Son otros amores, estos no son de Jesús, ni son del Padre. Él nos pide que permanezcamos en su amor, que es el amor del Padre”.

Con esta reflexión el Papa nos invita a recordar que el amor de Dios es un amor sin medida; un amor que no es tibio ni interesado. Amar es más que querer, y la medida del amor divino –según dijo Francisco– es amar sin medida. Es ese mismo amor el que Dios quiere que, en cumplimiento de la Misión de la Iglesia, llevemos a todos nuestros hermanos del mundo.

Llevar la Buena Nueva a quienes no la conocen es llevar esperanza a los lugares donde más hace falta; es compartir con otros la fe que nos ayuda a vivir cada jornada a pesar de los problemas y dificultades; es enseñar la caridad hacía el desconocido, que es una persona más como nosotros; es, en resumidas cuentas, transmitir las enseñanzas de Jesús a otros para construir el Reino en este mundo.

Por ello, permanecer en el amor de Dios y de Jesús implica dar alegría a la gente y es parte de nuestro compromiso como sus discípulos. Como dijo el Papa Francisco: “Nosotros, los cristianos, laicos, sacerdotes, consagrados, obispos, debemos dar alegría a la gente. Pero, ¿por qué? Por esto: debemos ir por el camino del amor, sin intereses, sólo por el camino del amor. Nuestra Misión cristiana es dar alegría a la gente”.