Juan José Ramírez Escarza

Estimados lectores y bienhechores, a unas semanas de llegar al mes de las Misiones, queremos recordar algunos de los atributos que deben poseer las personas que quieren compartir nuestra fe en otros países.

En primer lugar recordemos que ser misioneros no se refiere exclusivamente a las personas consagradas (sacerdotes o religiosas), sino que incluye a todos los cristianos que, desde sus comunidades o a partir de sus oficios y profesiones, quieren compartir su fe con otros hermanos, ya sea para darles a conocer a Cristo o para reinsertarlos a la vida comunitaria, en el caso de quienes se han alejado de la religión.

Es por ello que el primer requisito es tener vocación cristiana y de servicio. Esta vocación es un llamamiento que nace del mismo ambiente donde vivimos: familia, parroquia, incluso escuela o trabajo. Cada persona acepta el compromiso de esta vocación según sus cualidades y su plan de vida. Por ello, algunas de estas vocaciones surgen como un llamado divino a la vida consagrada, mientras que otras se dirigen a la participación como laicos.

Por otra parte, compartir el Evangelio requiere un intenso estudio de las virtudes evangélicas. No se trata necesariamente de un estudio profundo y sistematizado (requisito indispensable sólo para las personas consagradas). Más bien nos referimos a poner empeño en conocer aquellos valores que, por medio del ejemplo de nuestras vidas, buscamos infundir en los demás.

Un temperamento afable, buenas costumbres, rechazo hacia el pecado y las acciones y actitudes que puedan perjudicar a nuestro prójimo; cultivar la paciencia, la modestia, la solidaridad, la caridad, todo ello son valores a adquirir y practicar a lo largo de nuestras vidas, sin los cuales será muy difícil que quienes no conocen a Cristo se abran a escuchar su mensaje.