P. Ignacio Flores G., MG

Es muy común que en todo el mundo podamos encontrar muchos pueblos creyentes de lo divino, los cuales tienen el gesto frecuente de brindar, en un acto de lealtad, ofrendas especiales hacia sus dioses, con el fin de continuar recibiendo favores frente a la presencia de sus necesidades y, al mismo tiempo, realizar expresiones de gratitud por los favores ya recibidos. En otras palabras, puedo decir, simplemente, que mucha gente en el mundo cree en un dios y con cierta regularidad hace ofrendas a esa deidad para pedir ayuda y agradecerla.

Por ejemplo, nosotros los católicos tenemos un momento dentro del rito de la Misa que es conocido como Ofertorio, y es cuando el sacerdote ofrece el pan y el vino como signo real de la presencia de Cristo, quien se entrega ante Dios en su Cuerpo y en su Sangre, para la salvación de todos los hombres, siempre, en forma constante y actual. Al mismo tiempo, nosotros participamos con la donación voluntaria de nuestras propias ofrendas, ya sean en modo de especie o en contribución monetaria, como un acto de gratitud por todo lo que Dios nos concede día con día.

Queridos Padrinos y Madrinas, en este artículo quiero compartirles la experiencia de una segunda ofrenda que obtuvimos por parte de una comunidad que pertenece a una de las parroquias que atendemos en la Misión de Angola.

Cuando me encontraba en aquel país tenía que atender diferentes comunidades de la Parroquia de san José, en Catete, y, desde luego, aprovechaba para compartir el mensaje del Evangelio a nuestros hermanos del continente africano.

Antes de continuar, les comento, sobre todo a los nuevos lectores, que ya en otras ocasiones he podido compartir con ustedes la forma tan peculiar en la que nuestros hermanos africanos expresan su gratitud a Dios, nuestro Señor. Al menos en las comunidades cristianas donde los Misioneros de Guadalupe apoyamos con la evangelización, constatamos que las ofrendas van desde las pencas de los plátanos, las papas, los jitomates, hasta los aceites, el arroz, el maíz, etc.; de alguna manera, las ofrendas consisten en aquello que la gente puede dar. Otras veces, incluso, les he comentado de ciertas ocasiones en que los africanos comparten de forma particular su ser, como cuando acercan a sus niños para que sean tomados por Dios y bendecidos dentro de este mismo momento del ofertorio.

Todo eso es una experiencia sumamente especial, y no por lo que hacen, sino por cómo lo hacen. De hecho, ahora me viene a la mente un támbula, o momento del ofertorio, que duró más de una hora… ¡casi dos horas, si mal no recuerdo! Esa experiencia de ofertorio fue en la Misa de bienvenida que se realizó al obispo de una de las diócesis de aquel país; por obvias razones, el momento del ofertorio duró más que lo de costumbre en aquella celebración litúrgica.

Pues bien, para la capillita que yo visitaba en esa ocasión, el momento de la ofrenda únicamente se reducía a unos cuantos minutitos, pero en esencia tenía la misma importancia que en cualquier otra celebración, ya que no importaba lo que se daba, sino cómo se ofrecía; y, efectivamente, la forma en que se entregaba todo fue definitivamente lo más importante.

La última vez que visité las comunidades de aquella parroquia africana, ese támbula se acompañaba de alegrías y gratitudes. Cuando les comentaba a los feligreses que regresaría a México y que esa sería la última vez en que me encontraría por aquellas tierras, la gente ofrecía su támbula acompañado de mucha gratitud. Yo recordaba todo el tiempo que había estado ahí y la oportunidad que Dios me había concedido para compartir algunos años de mi vida con aquellos hermanos, por lo cual, en secreto, de igual modo transformaba mi gratitud en una ofrenda espiritual al Dios que todo se merece, por mis hermanos en la fe y por la gracia de haberme permitido compartir mi persona en la Misión.

Esa comunidad tuvo el detalle de despedirse de mí y, al recordar con mucho cariño que también gracias a todos ustedes, nuestros queridos bienhechores, sus ahijados MG podemos realizar la Misión, les pedí que me permitieran grabar con mi cámara cómo se realizaba un baile y canto de ofrenda, para poder mostrárselos después a ustedes. Ellos accedieron y entonces, con sus canastos, presentaban a Dios lo que traían; la comunidad ofreció en ese instante una segunda ofrenda de sonrisas, canto y baile, especialmente dos jóvenes africanas.

Apreciables bienhechores, esta segunda ofrenda fue realizada especialmente para ustedes, ya que siempre nos permiten tener la posibilidad de vivir estos momentos en la evangelización. Recuerden que sus ahijados Misioneros de Guadalupe los tenemos siempre muy presentes en nuestra oración. De esta manera ofrecemos al Señor nuestra plegaria junto con la de ustedes, principalmente en los momentos de mayor dificultad que todos podemos tener.

Les dejo un video que les puede mostrar un poquito de lo que les digo. En él, además, recibirán el saludo de los niños de la comunidad.