Juan José Ramírez Escarza

Estimados lectores, este mes culmina el año litúrgico con la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, que en esta ocasión se celebrará el día 26.

La fiesta fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de marzo de 1925, con la intención de invitar a que los católicos reconociesen públicamente que la cabeza de nuestra Iglesia es Cristo. Posteriormente, la fecha se movió para darle un nuevo sentido: al cerrar el año litúrgico con ella se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de la historia universal. Él es el principio y el fin de todas las cosas y reina en las personas con su mensaje de Salvación.

El Reino de Cristo es para siempre y para todos los hombres, y sabemos que ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra con su venida al mundo hace más de 2 mil años. Sin embargo, para terminar de instaurarlo es necesario que los católicos asumamos nuestro papel y responsabilidad en conseguirlo y vivirlo.

La Iglesia tiene la Misión de predicar el Evangelio a todos los hombres, para conseguir que el Mensaje de Cristo llegue a cada corazón, cada familia y cada sociedad. Con esto lograremos alcanzar un mundo nuevo en el que reinen el amor, la paz, la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.

Lo primero que debemos hacer es conocer a Cristo a través del Evangelio, la oración y la práctica de los sacramentos de nuestra Iglesia. El siguiente paso es imitarlo en nuestras vidas, conducirnos según los valores que nos enseñó y dar testimonio de ser sus discípulos.

Una vez que conozcamos e imitemos a Cristo, podremos predicar su Palabra y continuar la construcción de su Reino, a la espera de su regreso (cfr. Mt 25, 31-36). Esa es la parte más importante de la Misión, en la que los Misioneros de Guadalupe se esfuerzan siempre con su ayuda, queridos bienhechores.