P. Luis Alonso Yepes C., MG

En este mes de noviembre, en que recordamos a nuestros fieles difuntos, es conveniente tener presente el pasaje del Evangelio de san Marcos en el que Jesús debate con los saduceos (12, 18-27). Ellos eran una secta del judaísmo que no sólo negaba la resurrección de los muertos o la existencia de seres celestiales, sino que también era formada por aristócratas preocupados por mantener el orden social (para mantener sus privilegios ante Roma), y por esta razón buscaban ridiculizar al Nazareno para acallarlo y evitar que atrajera la atención de Roma por el movimiento que estaba generando. Sin embargo, Jesús les hizo ver su error al afirmar lo que nadie podía negar: Dios está vivo, Dios es Dios de vivos.

Cuando nos alejamos de la Vida (Dios), sólo nos resta la muerte. Una muerte que se expresa en pequeños gestos egoístas, insensibles, indiferentes hacia los que están a nuestro alrededor; una muerte que nos hace lastimar a los demás, que nos lleva por los caminos del resentimiento y el odio; una muerte que no nos deja ver la belleza de la vida (propia y ajena) y la Creación; una muerte que se vuelve intriga, chisme y crítica. De esta manera, la existencia en este mundo se vuelve una frustración, un fastidio, un sinsentido. ¿Entonces, cómo poder hablar del cielo, de la eternidad, de la Resurrección? Simplemente no tiene sentido, es más, en muchos casos, pareciera que la vida eterna es una fábula: nuestro cielo se limita aquí a la tierra y la resurrección se convierte en una bonita idea. De ahí que existan frases como “vida sólo hay una”, como para dar a entender que más allá no hay nada. No se cree en la resurrección y la vida eterna por imposición o porque así nos lo dijeron: creer en la eternidad es algo fundamental en la vida cristiana porque se nos permite “saborear” anticipadamente la vida definitiva que deseamos gozar. Para ello, necesito creer en este Dios de vivos, en este Dios que me da vida, porque me ha resucitado como resucitó a Jesús.

Como creyentes, estamos llamados a experimentar, aquí y ahora, la Resurrección de Cristo. ¿Cómo? Por medio del Sacramento de la Reconciliación (a través del cual el Señor perdona nuestros pecados); cuando encontramos que la vida tiene sentido; cuando vencemos el individualismo y somos sensibles a las necesidades de los demás, compartiendo lo que somos y tenemos; cuando buscamos crear un mundo más fraterno y justo; cuando perdonamos a quien nos ha ofendido; cuando cuidamos de la Creación; cuando experimentamos la alegría en medio de las dificultades; cuando no permitimos que nos roben la esperanza, ¡En todo eso experimentamos la Resurrección! Y, si el Señor nos resucita ahora, seguro lo hará al final de los tiempos. Quien ha experimentado ahora la vida que viene de Dios no tiene miedo a la muerte, porque sabe que después vendrá lo definitivo. Solamente así podremos proclamar con firmeza, en medio de tanta muerte que se respira a nuestro alrededor, que nuestra esperanza está en el Dios que da la vida, el Dios que vive y nos quiere hacer vivir (Jn 10, 10).

Fuimos creados para vivir en la eternidad junto al Padre. Allá se nos ha preparado una morada, un lugar en donde habitar por toda la eternidad (Jn 14, 2), y hacia allá deberíamos encaminarnos. El camino lo conocemos: es Jesús (Jn 14, 6). Tomados de su mano podremos llegar seguros al lugar en donde no habrá más dolor ni muerte (Ap 21, 4) y contemplar cara a cara a Dios.

Por todo esto, nuestra Misión es acercarnos a la fuente de la vida (Cristo), de tal manera que, experimentando su Resurrección, venzamos el mal que nos destruye (pecado) y dirijamos nuestros pensamientos, palabras y obras hacia la eternidad, conscientes de que, a pesar de la tristeza o miedo que humanamente pudiéramos sentir ante la muerte, un día estaremos sentados a la mesa del banquete del Reino de los Cielos.

Que el Espíritu Santo renueve en nosotros la alegría de saber que un día estaremos todos juntos en la Casa del Padre y nos haga vivir desde ahora dando testimonio del Dios viviente en medio de un mundo de muerte, en medio de tantos hermanos y hermanas que viven como si el Cielo no existiera.

Unámonos en oración por todos aquellos Padrinos y Madrinas que se nos han adelantado, para que el Señor los reciba en su Casa y les conceda el premio de los justos.

Oremos también para que existan más testigos creíbles de la Resurrección, mensajeros de la vida, que lleven el Evangelio a donde todavía hay muerte. ¡Amén!