P. Gerardo Guajardo Núñez, MG

Queridos Padrinos y Madrinas, en esta ocasión les voy a compartir una de mis experiencias misioneras en la Parroquia de san Antonio, de la localidad de Guro, Diócesis de Chimoio, en la Misión de Mozambique, mi “tierra prometida”, por la que dejé todo para hacerme de todos.

La Parroquia de Guro es considerada de primera evangelización –aunque el cristianismo ya ha estado presente por años en dicho territorio–, pues el Evangelio aún no ha logrado tocar en profundidad las fibras del corazón de la gente. Hay experiencias que han dejado hondas heridas que no han cicatrizado fácilmente y todavía provocan dolor, como lo es el tiempo colonial, la guerra, la poligamia, el levirato; entre otros, estos son factores que condicionan el anuncio del kerigma.

El proceso de evangelización de esta parroquia tiene dos niveles: sacramental y de primer anuncio. Cada comunidad tiene diferente proceso de crecimiento en la fe: en algunas hay bautizados, en otras apenas hay personas que se reúnen para una catequesis de primer anuncio; en su mayoría son mujeres y niños los que se acercan a escuchar sobre de Jesús. Les comparto la siguiente vivencia.

Es miércoles y preparo la camioneta con lo necesario para dirigirme a las comunidades; una de ellas es Nhautali. Voy contento mientras recorro los caminos polvorientos, escoltados por los legendarios imbondeiros, unos árboles que en África son considerados sagrados. Me encuentro con parvadas de gallinas de guinea y manadas de changos que al ver el carro trepan por los árboles.

Después de disfrutar la belleza de los paisajes me concentro nuevamente en la catequesis que en esa ocasión impartiré. Sabiendo que no habrá traductor, mi único recurso es lo poco que conozco del dialecto. Organizo mis ideas e intento buscar alguna manera didáctica para explicar las maravillas de la Creación. Estoy en campo abierto, no hay más que tierra, hojas secas, ramas, piedras, etcétera…

Llego a la comunidad y un gran número de niños me recibe con algarabía. Al ritmo de los tambores, empiezan los bailes tradicionales; es la alegría del Evangelio. Comienzo a saludar a uno por uno y poco a poco mi corazón se va llenando de nobles sonrisas, miradas que reflejan la ternura de Dios, almas dispuestas a recibir la Palabra del Señor. Se empiezan a acercar las señoras con sus niños atados a la espalda y con un peculiar grito me dan la bienvenida.

Me ofrecen un tronco para sentarme y me traen miel silvestre. “Lo mejor está por venir –me dicen–, es el panal de las abejas, hay que chuparlo para sacarle la miel. La cera la escupe, esa no se come”. También me acercan un bote con manzanica, una fruta silvestre de la región. En ese momento llega el animador de la comunidad, que de alguna manera es como el patriarca. Después del saludo tradicional, me comparte las novedades y nos disponemos para la catequesis.

No hay bancas, la gente se sienta en el suelo; no hay templo, pero se busca estar bajo la sombra de los árboles. Se sientan en derredor y quedo frente a ellos. Empiezo preguntando sobre todo lo que nos rodea y quién es su hacedor. A cada pregunta responden Mulungu; es decir, Dios. Me inclino al suelo, tomo un puñado de tierra y empiezo a formar un muñequito. “Es Adán”, dicen algunos. Me inclino un poco más, hasta casi tocar la tierra, para soplar sobre la nariz y dar el aliento de vida. Luego formo otro muñequito. “Es Eva”, comentan. Los niños, con mucha atención, fueron siguiendo y respondiendo a mi catequesis. Para finalizar pregunto si hay alguien que quiera compartir algo de lo que les llamó la atención. Esta parte es importante, pues es la manera de saber si el mensaje llegó o no a la comunidad.

La Misión cada día nos presenta nuevos retos y desafíos para transmitir el kerigma o primer anuncio. Éste exige del misionero ser creativo y aprovechar los recursos locales que tenga a la mano. En esa comunidad, aparentemente no había nada; sin embargo, encontré la manera de hacer llegar la Buena Nueva usando sus propios recursos.

Ahí no sólo se reza para celebrar la fe, también se crece y se profundiza a través de la catequesis y el testimonio de vida. Tal vez pasen muchos años antes de que se tengan bautizados en esas comunidades, pero lo cierto es que el Espíritu de Dios ya está trabajando antes de la llegada del misionero. Pude constatar que el Señor ya sembró en los corazones de las personas la inquietud de conocerlo, amarlo y seguirlo.

El proceso de aceptación del Evangelio va a pasos pequeños y lentos; no es fácil su vivencia por diversas cuestiones culturales y religiosas que imperan en esos lugares. Sin embargo, el Evangelio es apertura a las diferentes culturas, rescata sus valores propios y proporciona las virtudes cristianas para que la comunidad sea reflejo de la presencia de Dios.

Madrina, Padrino, muchas gracias por acompañar nuestro quehacer de evangelización en las Misiones a través de la lectura de la revista Almas. Ustedes, cuando nos apoyan con su oración y recursos económicos, están participando activamente en la Misión que Dios le ha encomendado a la Iglesia.