Juan José Ramírez Escarza

Queridos Padrinos y Madrinas, el Evangelio de Cristo nos revela las virtudes más importantes que debemos practicar y nos muestra el gran amor que Dios Padre tiene hacia nosotros. Es labor de cada cristiano, pero particularmente de la Iglesia, y en especial de los misioneros, conocer y transmitir esos valores.

Sin embargo, no se trata de enunciar las verdades evangélicas sin trasfondo, ni de conseguir que los nuevos cristianos memoricen unas cuantas normas de comportamiento sin realmente comprenderlas y asimilarlas. Los misioneros tienen la importante tarea de transmitir las enseñanzas de Cristo y explicarlas en el contexto particular de cada persona y cada comunidad. Se trata de que la gente conozca y comprenda a Jesús y su mensaje a la luz de su vida cotidiana; esto es lo que se conoce como inculturación del Evangelio.

Es un proceso que lleva mucho tiempo y no puede hacerse de un día para otro. Pero tenemos de ejemplo a la Virgen de Guadalupe, cuya solemnidad celebramos este mes, quien se convirtió en la “gran misionera que trajo el Evangelio a nuestra América” (Aparecida, núm. 269). Ella se apareció a san Juan Diego y dejó estampada su imagen en una tilma para estar siempre en nuestras vidas, para que recordemos que abrazó a los pueblos americanos que estaban formándose mediante el mestizaje de dos culturas. En ese contexto se presentó María, asimilando la simbología cultural y religiosa de los pueblos originarios, para anunciar la Palabra y entregar el regalo de la Buena Nueva a esas naciones que hasta la fecha tanto lo necesitan.

De la misma manera, siempre bajo el ejemplo de la Santísima Virgen María, en su advocación guadalupana, los Misioneros de Guadalupe procuran extender el Evangelio a otras culturas y estampar de manera profunda nuestra fe entre quienes no la conocen.