P. Ignacio Flores García, MG

Durante este mes de febrero en México tenemos la festividad civil dedicada a nuestro lábaro patrio. La bandera que todos conocemos (con tres colores: verde, blanco y rojo, y al centro el águila sobre un nopal, devorando a una serpiente) me recuerda mi identidad como mexicano y me invita a vivir mi vocación como ciudadano de una nación que se ayuda, se apoya, se estremece ante el dolor del pueblo y se solidariza para salir adelante pese a las dificultades por las que muchas veces pasamos.

Esta misma identidad es la que varios sacerdotes misioneros compartimos en otras partes del mundo. El anuncio del Reino de los Cielos, sus valores y los mismos valores de nuestra sociedad, también hacen eco en las diferentes Misiones a donde vamos. Y creo que no sólo somos enviados por la Iglesia, sino por el pueblo de México, que comparte lo que es y brinda lo que tiene a aquellos hermanos que más lo necesitan.

Años atrás, al salir de la patria con el fin de llevar el Evangelio, recuerdo haber cargado en mi equipaje una pequeña bandera de México, como tratando de recordar todo lo que mi país me dio hasta los 25 años de edad, cuando por primera vez salí de sus tierras para compartir la fe en África. Haciendo un poco de memoria y reflexión me di cuenta de que no sólo llevaba mi deseo de compartir la fe, sino también de compartir mi cultura, la belleza y bastantes cosas buenas que fui aprendiendo durante mi vida. Claro que no soy ciego a las cosas que deterioran y dan mala imagen a nuestra sociedad; sin embargo, quiero enfocarme en todo lo bueno y sano que México me ha dado, pues para mí representa lo más importante.

Muchos de mis compañeros en Misiones incluso llevaban sus trajes típicos del estado del que eran originarios: las botas vaqueras, los cinturones piteados, los sombreros, las guayaberas, las camisas bordadas. Nuestra bandera, cada 16 de septiembre, ondeaba con el aire africano en la casa donde vivía siendo seminarista en Kenia.

Cuando me detengo a pensar más en la experiencia que tengo de mi país, al imaginar las cosas especiales que llevamos como misioneros de México, también imagino y pienso en la cantidad de jóvenes que pueden acompañarnos y llevar el Evangelio a otras partes del mundo. A veces pienso que los mexicanos, al brindar a otros países lo bueno y hermoso de nuestra cultura, también podemos compartir lo bueno de nuestra religión católica, no sólo como un deber evangélico, sino como una invitación a lo que Dios nos quiere otorgar en su generosidad.

Yo he conocido en mis viajes por la república mexicana a muchos jóvenes fieles totalmente comprometidos con nuestro país y con el proyecto de Salvación, muy participativos dentro de sus grupos parroquiales, sus escuelas, sus trabajos; muchachos y muchachas que siempre anhelan dar más de sí a Dios en un proyecto de vida concreto, como lo es la vida religiosa. A esos muchachos que buscan sentido en su vida y que quieren dar más de sus personas les lanzo el reto de aceptar la invitación de ir a otros continentes y anunciar el Evangelio de salvación.

No olvidemos que también somos miembros de una patria celestial, que somos hijos de Dios y que nuestra bandera espiritual es la misma cruz de Cristo, que nos evoca un compromiso de amor hacia el prójimo en esta gran nación llamada “mundo”, mediante el servicio al necesitado y el apoyo a los desvalidos, para abrir camino a los que aún no se sienten aceptados por Dios o simplemente precisan de ser acompañados.

Queridos Padrinos y Madrinas, más allá de que estas líneas suenen a discurso político, mi interés consiste en recordarle a cada uno de ustedes que sus ahijados Misioneros de Guadalupe queremos ser testigos del amor de Dios como miembros de una sociedad mexicana y como hijos de una patria celestial de la que todos somos ciudadanos. ¡Ayuden a promover las vocaciones basadas en nuestros valores cívicos y espirituales, a fin de que los jóvenes conozcan y compartan el Reino de la patria celestial!