P. Ignacio Flores García, MG

Hace algunos años, estando en Kenia, tuve la oportunidad de colaborar en la Misión de Kainuk, al norte del país, en la Parroquia de Todos los Santos. Este lugar se caracteriza por la pobreza y las condiciones de vida más difíciles de la nación, debido a la situación geográfica y climática. Por ser del tipo semidesértico, la gente se dedica principalmente a la ganadería y en tiempo de sequía es un calvario para todos ellos. En este contexto los Misioneros de Guadalupe tratamos de llevar el Evangelio acompañado de alguna labor social que promueva el bienestar integral de nuestros hermanos en aquellas partes del mundo

Uno de los primeros grupos con los que pronto entré en contacto fue Catholic Women Association (Asociación de Mujeres Católicas), liderado por una religiosa de Kenia con quien hacíamos equipo los misioneros. Si bien comenté las dificultades en cuanto a la situación social y económica, cuando se llega al plano cultural también resulta muy difícil comprender algunas otras problemáticas, como la baja estima de la mujer, la falta de oportunidades de crecimiento para ellas, el machismo marcado que viven, etc.; estos son sólo algunos ejemplos. Evidentemente todas estas circunstancias desaniman a casi cualquier persona que quiere un cambio para su entorno y, desde luego, una mejor condición de vida.

En los proyectos misioneros en favor de las mujeres de la comunidad existe la necesidad de compartir el Evangelio impregnado de esperanza. Una panadería para la autosustentabilidad y la promoción económica para el grupo de mujeres interesadas fue el primer paso. Me involucré en la parte de la motivación, mi tarea consistió en acompañar a la hermana en representación de la parroquia y promover la iniciativa.

La religiosa pronto hizo contacto con algunas asociaciones emprendedoras y patrocinadoras del desarrollo femenino; así se iniciaron las primeras charlas informativas, y se plantearon las condiciones, procedimientos y beneficios del proyecto de la panadería.

Por mi parte, miraba atento el brillo y el asombro que aparecía en el rostro de muchas mujeres. Apoyándome en algunos textos bíblicos (por ejemplo, Pr 16, 3), me dirigía a ellas para motivarlas y hablarles de las grandes mujeres que según la Biblia hicieron cambios significativos en la historia de la Salvación. Con talleres dedicados a ellas, en los que personalizamos su participación y guardamos respeto a sus creencias y tradiciones, poco a poco fuimos testificando la presencia de Dios entre nosotros.

Para animarlas aún más prometí comprarles una bolsa de pan cada semana. Así todas aprenderían a hacer pan y se rotarían para surtir los ingredientes, preparar el pan y venderlo. En ese acuerdo, el horno sería patrocinado por una asociación hasta que pudieran pagarlo con el esfuerzo de todo el grupo de mujeres emprendedoras. El proyecto se activó y muchas de las parroquianas comenzaron a salir para vender el pan en charolas que cargaban sobre sus cabezas, mientras sostenían de la mano a alguno de sus tres o cuatro hijos, por lo regular los más pequeños.

Participar de esta experiencia me hizo agradecer a Dios por su presencia en medio de la comunidad. El gesto cristiano de ayudarnos unos a otros era un germen de esperanza para aquellas mujeres en particular, pero también para nosotros, al ver que en muchas ocasiones el trabajo misionero no es tan fácil de llevar a cabo, pero eso sí, al final, muy satisfactorio.

Quise compartir esta experiencia para recordar en este mes a tantas mamás que se esfuerzan por trabajar y salir adelante. También pensé en todos ustedes, queridos lectores, que nos apoyan a expandir el Reino de Dios, en palabra y obra, mediante su generosidad. Aún existen muchas comunidades para ser evangelizadas en el continente africano. Todavía muchas personas buscan la esperanza de encontrar en Dios una motivación para salir adelante y es por ello que siempre invito a que se animen a participar con nosotros todos aquellos jóvenes que quieran compartir su vida en estos lugares de Misión. ¡Hacen falta chicos y chicas que quieran transmitir rayos de esperanza!

Para finalizar agradezco a todos nuestros queridos bienhechores por su generosidad y desprendimiento; principalmente a las apreciables Madrinas, algunas son madres de muchos hijos, y otras, aunque no de modo biológico, siempre comparten el sentimiento maternal al ayudarnos y dar lo más sagrado que hay en su persona: la vida. A propósito del Día de las Madres, les envío un abrazo y un beso muy respetuoso en su frente, lleno de cariño y admiración, valorando su presencia en nuestra vida misionera. ¡Felicidades, queridas Madrinas, y que nuestro Señor las bendiga siempre!