P. Sergio César Espinosa González, MG,
Director de Evangelización

Aquellos que queremos compartir la Buena Nueva de Jesucristo hoy en día debemos mirar con mucha atención al pasado de la Iglesia. Estamos muy acostumbrados a llamar misioneros a aquellas personas que dedican su vida al anuncio del Evangelio en tierras lejanas; a veces despiertan admiración o al menos curiosidad. También llamamos misioneros a quienes dedican algunos días especiales en ciertas épocas del año, particularmente en Semana Santa o en las vacaciones de verano, para ir a zonas marginadas a compartir su fe y a ayudar con muy diversas acciones, fruto de la caridad cristiana. Todo esto es muy loable, pero no es así como se entendió la tarea de anunciar la Buena Nueva en los orígenes de nuestra comunidad de fe.

Como nos lo muestra el Nuevo Testamento, los primeros cristianos anunciaban siempre el Evangelio, primero que nada con el testimonio de su vida, y también con la fuerza de sus palabras. No había personas especializadas en el trabajo misionero, la Misión era asunto de todos. Todo creyente se sentía animado a compartir la alegría de la fe con sus familiares y amistades, con sus vecinos y con las personas con quienes trabajaba. Ser cristiano era ser seguidor de Jesús, adoptar su estilo de vida con la fuerza del Espíritu y bajo su guía, y hablar de la Buena Noticia que Él nos ha revelado: que Dios, en su infinito amor, nos ha reconciliado consigo y nos regala la posibilidad de tener una vida abundante y permanente, su misma vida. Hacerse cristiano era remar a contracorriente, exponerse a las burlas y al descrédito, incluso a la marginación y, en algunos casos extremos, a la muerte. Sin embrago, el cristianismo avanzó de manera portentosa, abriéndose paso en medio de todas esas dificultades, porque cada cristiano era un verdadero testigo del amor de Dios en el mundo.

Pasó esa época dorada de la Misión cristiana y empezó a haber cristianos por conveniencia, por costumbre y hasta por comodidad. Hoy la Iglesia debe mirar a sus orígenes e insistir nuevamente en que no habrá Misión auténtica hasta que todos y cada uno de los creyentes seamos de veras discípulos misioneros, testigos veraces y creíbles de Cristo muerto y resucitado para nuestra salvación.