P. Ricardo Gómez Fregoso, MG

En el documento preparatorio de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, sobre el tema “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, se nos invita a reflexionar sobre la importancia de la vocación, como llamado de Dios para realizar nuestras vidas en el servicio a los demás. Por ello, en esta ocasión compartiré una síntesis de algunos puntos importantes de este documento.

En la sección II. Fe, discernimiento, vocación, los obispos nos hacen ver la relación entre la fe y la vocación (núm. 1), que siempre estarán unidas. En el punto número 2 nos hablan del don del discernimiento, que implicará reconocer nuestros miedos, cualidades y gustos; interpretar qué es lo que quiere Dios de nuestras vidas, y elegir el camino al que nos invita para nuestra propia realización y el servicio de los hermanos. El punto número 3 nos habla de los caminos de vocación y Misión, mientras que el número 4 trata del acompañamiento que debe tener la persona para reafirmar y realizar su vocación.

Fe y vocación

Al leer esta parte del documento, podemos notar que la Iglesia busca reiterar su deseo de encontrar, acompañar y cuidar de todos los jóvenes, y lo quiere hacer a través del camino del Sínodo. Por ello les dice a los jóvenes que quiere que su vida sea una experiencia buena, que no se pierdan en los caminos de la violencia o de la muerte, que la desilusión no los aprisione en la alienación, y les asegura que venir al mundo significa encontrar la promesa de una vida buena.

Los obispos comienzan con la afirmación de que hay tres “nacimientos”: 1. el nacimiento natural como mujer o como hombre en un mundo capaz de acoger y sostener la vida; 2. el nacimiento del Bautismo, “cuando alguien se convierte en hijo de Dios por la gracia”; y 3. el nacimiento en el que tiene lugar el paso “del modo de vida corporal al espiritual”, que abre al ejercicio maduro de la libertad.

También nos dicen que ofrecer a los demás el don que nosotros mismos hemos recibido significa acompañarlos a lo largo del camino, para ayudarlos a afrontar sus debilidades y las dificultades de la vida, pero sobre todo para sostener las libertades que aún se están constituyendo.

Así mismo, mencionan que el Papa Francisco recordó al inicio de su pontificado que “el preocuparse, el custodiar la vocación de los jóvenes, requiere bondad, pide ser vivido con ternura”, y recuerdan que la fe es la fuente del discernimiento vocacional, porque ofrece sus contenidos fundamentales, sus articulaciones específicas, el estilo singular y la pedagogía propia.

Los obispos citan la Biblia: “No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes” (cfr. Jn 15, 16-17), y explican que la vocación a la alegría del amor es el llamado fundamental que Dios pone en el corazón de cada joven, para que su existencia pueda dar fruto. Por su parte, la fe es al mismo tiempo don que viene de lo alto y respuesta al sentirse elegidos y amados; nos hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor, y asegura que este amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos, porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que todas nuestras debilidades.

La Biblia presenta numerosos relatos de vocación y de respuesta de jóvenes. A la luz de la fe, estos gradualmente toman conciencia del proyecto del amor apasionado que Dios tiene para cada uno. Creer significa ponerse a la escucha del Espíritu y en diálogo con la Palabra, que es camino, verdad y vida (cfr. Jn 14, 6).

El don del discernimiento

Los obispos nos dicen que tomar decisiones y orientar las propias acciones en situaciones de incertidumbre y frente a impulsos internos contradictorios es el ámbito del ejercicio del discernimiento. A su vez, el discernimiento vocacional es el proceso por el cual la persona llega a realizar, en el diálogo con el Señor y escuchando la voz del Espíritu, las elecciones fundamentales, empezando por la del estado de vida, que puede ser a través del matrimonio, del ministerio ordenado o de la vida consagrada.

En el número 51 de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium se describe el discernimiento vocacional con estas palabras: reconocer, interpretar y elegir, las cuales pueden ayudarnos a delinear un itinerario:

Reconocer. La fase del reconocimiento sitúa en el centro la capacidad de escuchar la voz de Dios, que llama, así como la afectividad de la persona, donde se puede presentar tristeza, rabia, oscuridad, miedo, sensación de vacío, alegría, paz, ternura, esperanza, tibieza, etcétera.

Interpretar. No basta reconocer lo que se ha experimentado, hay que “interpretarlo”; en otras palabras, debemos comprender a qué nos llama el Espíritu a través de lo que suscita en cada uno. Esta fase es muy delicada, se requiere paciencia, vigilancia y cierto aprendizaje. Para interpretar los deseos y los movimientos interiores es necesario confrontarse honestamente, a la luz de la Palabra de Dios.

Elegir. Es buscar el modo de sacar el mayor provecho a los propios dones y las propias posibilidades; por esto resulta una propuesta atractiva y estimulante para los jóvenes. Una vez reconocido e interpretado el mundo de los deseos y de las pasiones, el acto de decidir se convierte en ejercicio de auténtica libertad humana y de responsabilidad personal.

Caminos de vocación y Misión

Como todas las cosas importantes de la vida, también el discernimiento vocacional es un proceso largo, que se desarrolla en el tiempo.

Acoger la Misión implica la disponibilidad de arriesgar la propia vida y recorrer la vía de la cruz, siguiendo las huellas de Jesús, que con decisión se puso en camino hacia Jerusalén.

El contacto con la pobreza, la vulnerabilidad y la necesidad revisten gran importancia en los caminos de discernimiento vocacional.

El acompañamiento

Podemos identificar tres convicciones en el acompañamiento vocacional:

  1. Convicción de que el Espíritu de Dios actúa en el corazón de cada hombre y de cada mujer a través de sentimientos y deseos que se conectan a ideas, imágenes y proyectos.
  2. Convicción de que el corazón humano, debido a su debilidad y al pecado, se presenta normalmente divido a causa de la atracción de reclamos diferentes o, incluso, opuestos.
  3. Convicción de que, en cualquier caso, el camino de la vida impone la necesidad de decidir, porque no se puede permanecer indefinidamente en la indeterminación. Sin embargo, es necesario dotarse de los instrumentos para reconocer la llamada del Señor a la alegría del amor, y elegir responder a ella. El acompañamiento personal es indispensable, se trata de favorecer la relación entre la persona y el Señor, y colaborar para eliminar lo que la obstaculiza.

Como ejemplo, los obispos citan varios pasajes evangélicos que narran el encuentro de Jesús con las personas de su tiempo y resaltan algunos elementos que nos ayudan a trazar el perfil ideal de quien acompaña a un joven en el discernimiento vocacional: la mirada amorosa (la vocación de los primeros discípulos, cfr. Jn 1, 35-51); la palabra con autoridad (la enseñanza en la sinagoga de Cafarnaún, cfr. Lc 4, 32); la capacidad de “hacerse prójimo” (la parábola del buen samaritano, cfr. Lc 10, 25-37); la opción de “caminar al lado” (los discípulos de Emaús, cfr. Lc 24, 13-35); el testimonio de autenticidad, sin miedo a ir en contra de los prejuicios más generalizados (el lavatorio de los pies en la Última Cena, cfr. Jn 13, 1-20).

Espero que este resumen del documento nos invite a profundizar en el llamado que Dios nos hace a cada uno de nosotros, para que a pesar de nuestros miedos sepamos ver todas las cualidades que Dios nos da para servirlo en los hermanos, en una vocación específica.