P. Gerardo Guajardo Núñez, MG

Queridos Padrinos y Madrinas, en esta ocasión les comparto mi experiencia de fe a través de la devoción al santo Rosario. Mis tías abuelas Pita y Pepa, quienes fueron personas muy religiosas, devotas a la santísima Virgen María y el rezo diario del Rosario, me transmitieron esta devoción desde que era niño. Un recuerdo de mi infancia es cuando iba a saludarlas, no tanto para rezar, sino porque sabía que después me obsequiarían algún panecillo recién horneado, con una taza de chocolate calientito y espumado.

Dios tiene sus caminos y, años más adelante, cuando ya era joven, fueron nuevamente mis tías quienes me acercaron a la Virgen al invitarme a la asamblea de oración en mi parroquia, que es un templo mariano: Nuestra Señora de san Juan de los Lagos, en Torreón, Coah. Las fiestas parroquiales las viví con gran fervor, entre cohetes, castillos de pólvora, aromas de lindas flores y cera de velas encendidas para la novena de las peregrinaciones. En la familia y la parroquia es donde se hunden las raíces de mi devoción a la santísima Virgen. Santa María me ha cubierto desde niño con su manto, ha velado mi sueño y descanso, he vivido tristezas y alegrías, meditando los misterios del santo Rosario.

María me llamó a formar parte de un instituto mariano, por eso soy Misionero de Guadalupe; sigo bajo el cuidado maternal de nuestra Señora del cielo, Madre del verdadero Dios por quien se vive. Fiel a mi devoción mariana, cuando me encontraba proclamando el Evangelio con los hermanos de Mozambique, también compartí esa parte importante de mi experiencia de fe.

A imagen y semejanza de los apóstoles en Pentecostés, María estaba presente en la pastoral parroquial en África. Los programas de evangelización incluían enseñar la devoción mariana a través del rezo del santo Rosario. Algunas personas de la Legión de María eran las encargadas de explicar a las comunidades cada uno de los misterios. Fe y devoción era lo que transmitían las mamás legionarias, quienes al son de los tambores entonaban cantos mientras el incienso envolvía el lugar con un misticismo insólito; todo parecía llenarse de vida primaveral, aunque estuviéramos en el incandescente verano, que agrietaba la tierra y la llenaba de sed.

La visita de la santísima Virgen a las comunidades abría un espacio festivo que inundaba de alegría y esperanza los corazones de la gente desfallecida por el hambre y la enfermedad. Los rostros desencajados por el duro trabajo del campo encontraban descanso en cada Ave María. Los pies cansados de recorrer caminos polvorientos hallaban un oasis debajo del árbol donde nos reuníamos para rezar el santo Rosario. Ahí estaba la imagen de nuestra Señora de Guadalupe, atada a dos ramas, haciéndose presente en una nueva cultura, para asumir otros rasgos y solidarizarse con un pueblo que hace cuarenta años se liberó del dominio de la colonia y que comienza a caminar de manera independiente, en medio de incertidumbre política, pero con la esperanza de un futuro más próspero para todos. Esa esperanza se fortalecía al meditar en la poderosa intercesión de María y comprometía a unos con otros a kufunana o kudanana (amarse reciprocamente), tidanane tisimabane (amémonos fuerte).

Impulsado por el espíritu misionero empuñaba en mis manos el estandarte de nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la evangelización, no para imponer una devoción, sino para transmitir el espíritu misericordioso del Dios que se aproxima a la gente sencilla a través de María de Guadalupe. Los fieles cristianos fueron adquiriendo, poco a poco, la conciencia de que no era la Virgen de los mexicanos, sino la que se hace uno con el pueblo al que llega para incorporarse a su historia, transmitiendo fortaleza para construir juntos un lugar mejor.

En la visita a las comunidades me acompañaban dos madres de familia que pertenecían a la Legión de María y eran las responsables de enseñar a rezar el santo Rosario y explicar cada uno de los misterios. La experiencia de algo nuevo llenaba de asombro religioso a las comunidades, donde, a la par de transmitir el primer anuncio del Evangelio, se presentaba a María, la Madre morena que intercede por las necesidades de sus hijos. Con ternura se rezaba cada cuenta y era como si se tocara lo sagrado y se pasara de dedo en dedo, contemplando un misterio que no se comprende, aunque se siente la presencia divina.

Aprovecho para agradecer a mi amada comunidad parroquial de san Juan de los Lagos el apoyo que me brindó cada vez que venía de vacaciones a México. La catequista Marcela y el equipo de liturgia organizaban la recolección de cientos de rosarios y algunas imágenes de nuestra Señora de Guadalupe para promover el amor y la devoción a María santísima en Mozambique.

Padrinos y Madrinas, les agradezco por seguir colaborando a través de la revista Almas, pues gracias a su cooperación nosotros podemos dar continuidad al mandato misionero de ir a los más alejados para llevarles la Buena Nueva de salvación. Reciban un abrazo lleno de bendiciones de parte de su ahijado, P. Gerardo Guajardo, que ahora presta servicio en animación misionera en México.