P. Ignacio Flores García, MG

Durante este mes, en muchas partes de Latinoamérica, y especialmente en México, se celebra la fiesta de nuestra Madre del Cielo, en la advocación de la Virgen de Guadalupe. En varios negocios, empresas y ermitas de nuestras colonias, incluso en los altares de nuestros hogares, una imagen venerada de la Morenita del Tepeyac nos hace recordar la importancia de estar cerca del Señor y de ella misma.

Como uno de sus hijos, sacerdote y misionero, es para mí un gusto dar mi vida al servicio de su Hijo en otras partes del mundo, y al mismo tiempo ofrecerle mi confianza y total consagración al llevar su nombre en el mío como Misionero de Guadalupe; con el carisma de nuestro Instituto sirvo en los lugares a donde su Hijo me envía y con felicidad en el corazón comparto su mensaje salvífico, sabiendo además que ella siempre me acompaña.

Me alegra saber, gracias a esta tarea, que muchas otras personas también la veneran y la aman, le platican sus penas, oran con ella y le cantan. Un ejemplo es el señor Erick, un hábil cantante y músico de una comunidad de Tabasco que visité durante una actividad de animación misionera. Él, tomando su guitarra, no sólo colaboraba con un pequeño coro de jóvenes que se había formado durante los días de la animación, sino que también entonaba por cuenta propia el famoso canto La Virgen ranchera.

Escucharlo fue sin duda un gusto muy especial, pues, si bien la música es ya de por sí un arte, el sentimiento con el que este feligrés entonaba permitía que el canto se adornara con profunda inspiración. Le pedí a este hermano que me permitiera grabarlo para, algún día, compartir con ustedes el particular momento de su encuentro con nuestra Madre y la forma en que él la venera. Don Erick accedió inmediatamente y, tomando su guitarra, comenzó a cantarle a nuestra Virgencita mexicana.

Pues bien queridos bienhechores, en este último mes del año y con la atmósfera de las fiestas a nuestra Madre de Guadalupe, no sólo quise compartirles mi experiencia de relación con ella, sino también la que ha tenido ese cantante, similar a la que muchos de ustedes pueden tener. Les invito a que, en su momento de oración, recuerden ofrecer esos regalos, tan simples y grandes a la vez, que ella espera de cada uno de sus hijos: desde un poema, una palabra amorosa, un gesto de perdón al prójimo, una mirada sencilla pero contemplativa a su imagen, el rezo del Rosario (ya sea en familia o de manera personal); todos estos son grandes gestos con los cuales le mostramos nuestro amor, veneración y total confianza.

Los invito a ver el pequeño video en donde observarán el canto de don Erick y la participación de los jóvenes en la Misión de Cristo. Ojalá que al mirarlos otros jóvenes se sientan atraídos por el servicio, el amor y la vocación que nuestra Madre del Cielo también recibió de Dios: ser la Madre de nuestro Señor y de cada uno de nosotros.

Espero que Dios los bendiga, queridos bienhechores, y que nuestra Madre de Guadalupe los cubra con su manto.