P. Marco Antonio Navarro Loreto, MG
Misionero en Los Ángeles

Proclamar la Palabra de Dios en la sociedad actual no es fácil, pues los objetivos que se proponen para lograr el éxito en el mundo no se corresponden con los valores del Evangelio. Esta disparidad entre la motivación de nuestras actividades y la forma de vida evangélica hace que las enseñanzas de Jesús queden relegadas a un segundo plano.

El Evangelio nos dice: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4, 8), y es precisamente el amor el gran ausente en la sociedad de nuestros días. Son pocos quienes se atreven a hablar de amor en estos tiempos, en una sociedad que está cada vez más materializada y enajenada, a pesar de que se puede identificar una búsqueda sincera de Dios en algunos sectores de la población.

Más que nunca, hoy en día se han evidenciado las diferencias entre las personas y se han exacerbado los sentimientos egoístas, escudados en el bien personal y no el de la sociedad entera.

Es en este contexto en donde me ha tocado predicar la Palabra de Dios. En el lugar donde me encuentro, así como en muchos otros sitios donde nuestros sacerdotes comparten las enseñanzas de Jesús, puedo ser catalogado por mi color de piel, el idioma que hablo, mi nacionalidad y, por supuesto, mi religión. Y ser discriminado por estas mismas razones no es fácil, pero se puede transformar en una oportunidad para reflexionar más acerca del amor de Dios.

Dios, que nos ama profundamente, nos llama a amar como él, sin distinciones, sin reservas, sin esperar nada a cambio…

La Sagrada Escritura nos dice: “El amor todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta” (1Cor 13, 7). Por eso, el reto más grande que tenemos en la Misión hoy es justamente amar y ser testigos del amor de Dios en un mundo en donde pocos se interesan en amar, pero en el cual se necesita desesperadamente que el amor vuelva a ser el centro de toda la existencia.