P. Emilio Fortoul Ollivier, MG
Consejero General

Conocí a los Misioneros de Guadalupe en 1973, cuando estudiaba sexto de primaria. Se acercaba la celebración del 25º aniversario del Instituto y recuerdo que en las reuniones del Centro de Orientación Vocacional nos regalaban calcomanías con rostros de niños de las Misiones que había en ese entonces: Japón, Corea y Kenia.

Ya muy cerca de mi ordenación sacerdotal fue cuando caí en cuenta de que mis compañeros y yo éramos privilegiados, pues Dios había puesto a nuestro alcance a los Misioneros de Guadalupe, que nos habían ayudado a discernir nuestra vocación y nos prepararon para vivirla en un seminario con capilla, comedor, dormitorio, biblioteca, aulas, asesores de tiempo completo, etc.

Al llegar a la Misión de Japón encontré que también ahí nuestro Instituto tenía un camino preparado para los recién llegados: vínculos con comunidades religiosas e Institutos misioneros que nos hospedaron, nos apoyaron para estudiar el idioma y compartieron sus experiencias de vida y los obispos que nos recibieron en sus diócesis.

Después de varios años, al regresar a México para colaborar en algunas labores administrativas, pude conocer la faceta del Instituto que hace posible el funcionamiento de los seminarios, las Misiones y las casas. Era también una senda trazada, seguramente abierta con mucho sudor y dedicación.

Es muy valioso que nuestro Instituto ofrezca una senda amplia, segura y probada, para que muchos puedan recorrerla y vivir la vocación misionera. Los bienhechores colaboran con el Señor para que esta senda perdure y siga recibiendo a quienes quieran recorrerla. Desde mi responsabilidad en el Consejo General, hoy me toca impulsar esta herramienta de evangelización que Él regaló hace 70 años a la Iglesia universal a través de la fe de México.