P. Gabriel Altamirano Ortega, MG

El territorio de Hong Kong entró a formar parte de la historia de los Misioneros de Guadalupe el 21 de junio de 1967, fecha en que el primer Superior General del Instituto, Mons. Alonso Manuel Escalante y Escalante, quien viajaba de la Misión mg en Kenia, África, a la Misión de Corea del Sur, fue llamado a la Casa del Padre en esa, entonces, colonia británica. Cuando los Misioneros de Guadalupe planearon, en los inicios de la década de los setenta, iniciar una nueva Misión en Oriente que se sumara a las de Japón y Corea, se eligió Hong Kong: así los Misioneros de Guadalupe estarían preparados, llegado el momento oportuno, para entrar a China, país en el que Mons. Escalante inició su ministerio misionero y en el que terminó su vida.

En octubre de 1975 el primer grupo de cinco Misioneros de Guadalupe llegó a Hong Kong. Los primeros dos años, hasta septiembre de 1977, los dedicamos de tiempo completo al estudio de la lengua local, el cantonés, que es la lengua materna para los habitantes de Hong Kong, Macao (entonces colonia portuguesa) y otros cien millones de chinos en el sur del país, sobre todo en la provincia de Cantón. En octubre de 1977, terminado el estudio de la lengua, recibimos del Obispo de Hong Kong los primeros nombramientos que nos integraron al presbiterio de la diócesis para el trabajo pastoral misionero. Desde entonces hasta el presente, hemos colaborado con sacerdotes diocesanos y de otros institutos en el trabajo parroquial.

Fui nombrado vicario de la Parroquia de Cristo Rey, en Cheung Sha Wan, una sección popular al oeste de la península de Kowloon. La experiencia que ahora comparto la tuve en los primeros meses de ministerio y constituyó una marca que conservo con claridad a pesar de los años transcurridos.

Llegaron dos jóvenes obreros y preguntaron si algún sacerdote podía ir a orar por un difunto. Necesitaban que el sacerdote los acompañara en ese momento. En Hong Kong, los funerales, entonces y ahora, se arreglan con anticipación, no se tienen en los días inmediatos al deceso; de ordinario pasan varios días y hasta semanas entre el deceso y la celebración del funeral. Esto fue lo primero que me llamó la atención. Como en ese momento era el único que estaba en la parroquia, en cuanto recibí su petición preparé lo necesario para celebrar el funeral y me fui con ellos.

Caminamos unos diez minutos hasta el Hospital de Cáritas, cercano a la parroquia. Un grupo de unos 30 jóvenes obreros nos esperaban en los jardines, afuera del hospital. Nos dirigimos a la morgue, en uno de los sótanos, pues ahí se haría la oración. El líder del grupo entregó un papel al encargado de la morgue y éste sacó el cadáver, cubierto por una sábana, y lo colocó en una plataforma con ruedas en el centro del recinto. No había flores ni cirios, sólo el grupo que rodeaba al cadáver.

Di inicio a la oración con la señal de la cruz, pero vi que nadie me seguía; los jóvenes permanecían inmóviles, atentos. Luego hice el saludo inicial: “El Señor esté con ustedes”, y ellos me miraron en silencio, no había respuesta. Pensé que el problema era mi pronunciación del cantonés, pues a esas alturas me comunicaba con mucha dificultad, y no alcanzaba a entender lo que sucedía. Entonces el joven que había ido a invitarme se acercó y me dijo: “Padre, nosotros no somos católicos, pero el difunto sí. Usted rece por él. Nosotros lo acompañamos”.

Me enteré de que el difunto, llamado José, llegó de China un par de años atrás. En ese tiempo la frontera con China estaba protegida por el ejército inglés y la policía local. Si algún ilegal era atrapado en su intento de cruzar la frontera, era devuelto a China. Pero si alguien lograba pasar la zona de la frontera y llegar a lo que se consideraba ciudad, entonces podía solicitar su residencia, con lo que obtenía el derecho a trabajar. Muchas personas cruzaron ilegalmente la frontera en aquellos años, algunos por mar, otros por tierra, y así fue como José llegó a Hong Kong.

Consiguió trabajo en la industria de la construcción. Compartió con sus compañeros de trabajo el hecho de que era católico, que venía de un poblado católico en el sur de China. Les platicó también que, durante la revolución cultural, iniciada en 1967, la iglesia de su poblado había sido medio destruida por los guardias rojos, pero que ya para entonces, 1977, la situación empezaba a cambiar y los católicos estaban en el proceso de reconstruirla. Así se enteraron de que buena parte de su sueldo era enviada a su poblado para ayudar en la reconstrucción. Aunque sus compañeros de trabajo no eran católicos, quedaron impresionados no solamente por la ayuda que José enviaba regularmente a China, sino por la ayuda y amabilidad con que los trataba a ellos. José perdió la vida en un accidente de la obra y fue por eso que sus compañeros buscaron a un sacerdote católico para el funeral.

Me ha tocado, en los años siguientes, hacer la oración en muchos funerales. En pocos he podido experimentar un duelo tan auténtico como el que experimenté en esa tarde del primer funeral. Sin saber las respuestas a las oraciones, sin poder participar en la forma ordinaria, la atención y el cuidado del grupo me hicieron sentir que la semilla había sido sembrada ya en sus corazones.

Puedo decir que escuché a través de ellos el Evangelio. Vi cumplido ahí el mandamiento del amor gratuito, libre de compromisos. José, el obrero fiel a su fe, en la sencillez de su trato, hizo de sus compañeros verdaderos evangelizadores que me ayudaron a entender mi Misión.