Sem. Jesús Damián Hernández Cortaza

Apreciables Padrinos, Madrinas y jóvenes que tienen inquietud vocacional, reciban un afectuoso saludo, con la dicha de que la gracia de Dios esté en cada uno de sus corazones. Quiero compartirles una experiencia que ha marcado mucho mi vida. Sucedió durante un campo Misión, que es una ocasión en la que los seminaristas tenemos oportunidad de ir a una comunidad distante a proclamar el mensaje del Evangelio y realizamos actividades y celebraciones con niños, jóvenes, adultos y gente mayor, además de visitar los hogares para conocer su realidad. Esta experiencia nos ayuda a fortalecer nuestra vocación y el encuentro con Dios a través de las personas.

Tuve la oportunidad de participar en campos Misión realizados en Ixtlahuacán, Col., y en verdad revitalicé mi espíritu misionero, pues observé cómo la fe de las personas, aunque muchas veces se va perdiendo, en general sigue viva y sólo espera a que alguien vaya a hablar de Dios. Un día, mientras esperábamos a que el pueblo llegara para rezar el santo Rosario, veíamos el poco interés de las personas por la vida cristiana, así que mis compañeros y yo decidimos no quedarnos esperando a la gente, sino salir en su búsqueda.

Invitamos a niños, jóvenes, adultos y personas mayores para que nos acompañaran en el Rosario, y muchos aceptaron, así que pudimos hacer una procesión en toda la comunidad con la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, venerándola con hermosos cantos. Esto motivó a las personas para asistir a más actividades, pues los días anteriores la participación había sido muy poca.

Fue una experiencia bonita porque pude constatar que Dios se vale de cualquier persona para llamar a los demás, no importa dónde estemos. Él siempre va en busca de nosotros y podemos ser llamados en todas partes para ir a la Misión. Los cristianos somos personas enviadas por el Padre para llevar su mensaje, y en el campo Misión aprendemos que no sólo se trata de transmitir la alegría del Evangelio, sino también de aprender, a partir de la forma en que viven los demás, otras maneras de vivir la fe que nos evangelizan, razón por la que los invito a no quedarse con los brazos cruzados y salir en busca de nuestros hermanos.

Esta vivencia se las comparto con mucho amor, queridos Padrinos y Madrinas, agradeciéndoles por la generosidad que tienen con sus ahijados a través de donativos y oraciones. Que Dios los llene de gracia para seguir respondiendo con amor y generosidad al llamado que nos hace.

De igual forma, quiero invitar a todos los jóvenes que están interesados por la vida misionera para que no tengan miedo de ser discípulos de Jesús. Yo también dudé en dar un “Sí” al llamado de Dios, pero ahora disfruto con mucha alegría de mi vocación. ¡Seamos jóvenes valientes, dispuestos a dar nuestra vida por la Misión de nuestro Padre Dios!