P. Sai Prashanth Kumara Manyam, PIME

Estimados amigos, lectores de Almas, mi nombre es Sai Prashanth Kumara Manyam y soy misionero del Pontificio Instituto Misiones Extranjeras (PIME). No poseo mucha experiencia como misionero, ya que tengo apenas dos años de ordenado y México es mi primer destino. Por eso quiero compartir con ustedes mi experiencia personal acerca de la manera en que Dios habla con cada uno de nosotros.

Soy originario de la India, y en mi país 80 por ciento de la población profesa el hinduismo; también yo nací en una familia con esa religión. Cuando tenía ocho años, mi papá se enfermó gravemente y los médicos, después de realizarle estudios, le dijeron a mi mamá que ya no gastara dinero y que se volviera a casa, porque mi papá moriría tres o cuatro días más tarde. Volvimos a casa y todos los familiares, parientes y amigos se reunieron para despedirse y llevarlo a la cremación. Frente a nuestra casa, desde la mañana y hasta la noche, todos esperaban su muerte y llevarlo a cremar. En la cultura hindú no se pueden hacer los rituales de cremación después del ocaso, por lo cual los ancianos dijeron a los asistentes que se fueran a sus casas a dormir y volvieran a la mañana siguiente, pensando que mi papá moriría durante la noche. Así lo hicieron, pero la sorpresa fue que mi papá aún daba pequeñitos respiros, que muy a penas se notaban; aún estaba vivo.

La gente esperó nuevamente delante de mi casa hasta el atardecer, y después se fueron a dormir. Así pasaron tres días. Poco a poco comenzaron a murmurar: “Este hombre no se muere, y estamos acá mucho tiempo, esperando. Hemos dejado nuestros quehaceres, nuestro trabajo, el campo…”.

Mi papá alcanzaba a escuchar todo, por lo que también se sentía muy mal. Se acordó de la oración que las Hermanas del hospital le hicieron cuando estuvo internado y comenzó a decir estas palabras: “Jesús, las mujeres que me atendían en el hospital decían que tú eres Dios, que me perdonas y me salvas. Mira, si en verdad eres Dios, inmediatamente hazme morir. No quiero molestar a mi familia y a la gente, por favor, quítame la vida”. Cuando terminó de decir esas palabras, todo el lugar donde estaba se iluminó y apareció un hombre vestido de blanco, con un bastón en la mano y acompañado por una mujer. El hombre tocó a mi papá con su bastón y lo pasó por todo su cuerpo. Después le dio la mano y lo levantó.

Con ese milagro, mi papá, mi mamá, mi hermano y yo nos convertimos en católicos. En la India cambiar de religión no es nada fácil, significa que debes dejar a tus parientes, tus amigos, tu comunidad, todo. Por eso fue muy difícil para nosotros. Nuestros familiares y nuestros conocidos ya no nos invitaban a ninguna celebración, y ellos tampoco iban a nuestra casa.

Aquel milagro influyó mucho en mí y a los 14 años de edad quise entrar al seminario menor. Sin embargo, no lo hice y no recuerdo por qué. Después me perdí en la maravillosa adolescencia y nunca más hablaba de la Iglesia, incluso muchas veces falté a Misa los domingos. Por otro lado, mi papá ya estaba muy saludable, su trabajo iba muy bien, y en la ciudad donde vivíamos teníamos una buena reputación, incluso en la política.

Terminé de estudiar la universidad y me gradué en Ciencias de la Educación. Construir un buen futuro no se percibía como algo difícil para mí, ya que lo tenía todo: casa, carro, novia, dinero. Sin embargo, no era feliz. Cuando me quedaba solo, pensaba mucho y sentía que faltaba algo en mi vida.

Estos sentimientos los compartí con un sacerdote franciscano, quien me invitó a su casa por tres días, durante los cuales vi que su vida era muy sencilla. Él provenía de una familia de clase alta, rica, bien acomodada, y lo había dejado todo para vivir en una casa construida con tierra, caminaba sin sandalias y dormía en el suelo. Aún me acuerdo de su cara, siempre tan brillante: ¡era un hombre muy feliz!

Su vida me hizo pensar sobre la mía y, después de un año, decidí entrar al seminario. Fui con los franciscanos y con los salesianos, pero no me sentí a gusto. Un día el rector del seminario menor de mi diócesis me llamó y me dijo: “Prashanth, he buscado otra congregación que es misionera, ellos trabajan con los no cristianos. Ve a ver y, si te gusta, hablamos con el rector”.

Fue así que en enero de 2007 fui al seminario menor del Pontificio Instituto Misiones Extranjeras (PIME), y sentí que había encontrado mi lugar; en junio del mismo año entré a la familia del PIME.

Estimados bienhechores de Misioneros de Guadalupe, en el próximo número de Almas les contaré algunas experiencias vividas durante mi formación al sacerdocio en las que percibí la voz de Dios hablándome.