Sem. Héctor Javier Cortés Tornel

Queridos Padrinos y Madrinas, me es un placer escribirles a ustedes, especialmente a los jóvenes que leen la sección vocacional de la revista Almas. Me permito presentarme, mi nombre es Héctor Javier Cortés Tornel, soy de Guadalajara Jal., y comencé mi formación sacerdotal misionera hace diez años, cuando entré al Seminario Menor a la edad de catorce años; ahora me encuentro cursando el tercer año de Teología en el Seminario Mayor, de la Ciudad de México.

Les contaré acerca de las gracias que he recibido de parte de Dios a lo largo de mi vocación, especialmente mi experiencia de Misión en un pueblito llamado San Clemente, en el Valle del Mezquital, ubicado en el municipio de Cardonal, Hidalgo. Este pueblito tiene un gran lugar en mi corazón, pues Jesús me permitió vivir ahí unos meses, trabajar con la gente y predicar la Palabra de Dios.

Recuerdo muy bien cuando el P. Héctor Hugo Ciprián Sarabia, MG, mi formador, me dijo que trabajaría en ese lugar, un pueblo aparentemente extraño, en la cumbre de una montaña, con un templo pequeño pero bonito, con casas expandidas alrededor de la montaña. Mi espíritu, momentáneamente, no experimentó demasiado entusiasmo, pues en esa región poca gente habla el español, ya que predomina el dialecto hñahñu (una rama del otomí). Junto con algunos compañeros me había preparado ya tiempo atrás para la Misión en esos lugares, había aprendido algo del dialecto, pero no poder adentrarme en la cultura y la lengua me hacía sentir un poco de miedo y confusión.

Ese mismo día, ya por la noche, establecido en la comunidad junto con mi compañero seminarista, hice oración y pedí al Señor que nos iluminara y nos diera la fuerza para compartir su Reino con la gente. Mi corazón aún recuerda el consuelo que experimentamos al poner en manos de Dios nuestras inquietudes e inseguridades, pues Él nos respondió como al profeta Jeremías: “No digas: «Soy demasiado joven», porque tú irás adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene. No temas delante de ellos, porque yo estoy contigo” (Jr 1, 7-8).

El resto de los meses fue una aventura inolvidable: conocimos la realidad del lugar y observamos la pobreza que se vivía, por lo cual ayudamos en las faenas que organizaba el comité del pueblo para mejorar los espacios comunes, ayudamos en la remodelación de la capilla y trabajamos en el mejoramiento de algunos hogares. Las personas compartían sus alimentos con nosotros y, por la tarde, nos reuníamos para compartir y explicarles la Palabra de Dios en la capilla.

Además, logramos trabajar en la integración de la comunidad, que estaba un poco desunida, sobre todo las mujeres que viven solas con sus hijos, pues sus esposos han partido a Estados Unidos en busca de una mejor oportunidad económica. Experimentamos el amor de Dios al ver cómo mostraba a estas mujeres su misericordia, pues su Palabra las confortaba y se unían para tener una vida más llena de amor, para apoyarse entre ellas ante cualquier adversidad o necesidad.

Vimos que mucha gente tenía el deseo de acercarse más íntimamente a Jesús. Algunos querían recibir la Comunión, pero no podían, sobre todo los adultos mayores que viven en unión libre. Así mismo ocurría con parejas jóvenes que querían experimentar una unión con Dios a través del matrimonio. Con la ayuda del Señor logramos preparar a varias personas para que recibieran el Sacramento del Matrimonio. Sin embargo, por ausencia de catequesis y sacerdotes en aquel pueblito, la gente no sólo se veía en la necesidad de recibir aquel sacramento, sino que muchos también hicieron su Primera Comunión o la Confirmación; tal fue el caso de don Berna, con sesenta años de edad, y su esposa Lucinda, con cincuenta y cuatro años, quienes han procreado siete hijos, pero apenas formaron un nuevo matrimonio para Dios y representan un testimonio de amor para toda su comunidad.

Recuerdo aún los días que llegábamos cansados a la casita donde vivíamos; estábamos físicamente agotados, pero con un corazón lleno de gozo. Le entregábamos diariamente las penas de todas las personas de la comunidad a Dios en nuestra oración de la noche. El miedo y la confusión que había sentido al llegar cambió y nuestro corazón ardía por el amor que nuestro Padre le tiene a los más pobres y necesitados. Mi corazón no olvida esa experiencia, pues nunca estuve solo. El Señor se mantuvo a mi lado y me permitió pasar a ser uno más de la comunidad.

Queridos bienhechores, tras esa experiencia Dios dejó sus frutos y a nuestra partida quedaron catequistas y Ministros Extraordinarios de la Eucaristía comprometidos con sus hermanos. Sabemos que entre ellos se siguen reuniendo a compartir la Palabra, se ayudan mutuamente y comparten el Evangelio a los demás, pues el Señor formó una comunidad misionera.

Ahora cobran mayor sentido las palabras de Isaías al pueblo de Israel: “Yo puse mis palabras en tu boca y te oculté a la sombra de mi mano, mientras plantaba un cielo y fundaba una tierra, y decía a Sión: «¡Tú eres mi pueblo!»” (Is 51, 16).