Estimados lectores de Almas, en los primeros números de este año compartiremos con ustedes las entrevistas que realizamos a algunos de los Padres de mayor edad de Misioneros de Guadalupe, con la finalidad de darles a conocer las reflexiones de los presbíteros con más experiencia respecto al trabajo de evangelización, y como una manera de rendir homenaje a los sacerdotes que han dejado parte de su vida en favor de la propagación del Evangelio y el fortalecimiento de nuestro Instituto.

El Padre Rodolfo Navarro Guerra, MG, nació en 1927, en Jacona, Mich. Inició su formación en el Seminario de Zamora y formó parte del grupo fundador del Seminario de Misiones en 1949. Fue ordenado el 16 de agosto de 1953. Ha colaborado en diversas ocasiones en la formación de seminaristas, llegando a ser Rector del Seminario de Misiones, y se desempeñó como tercer Superior General de MG. Ha colaborado en la tarea evangelizadora de la Iglesia en las Misiones de Corea y Perú. Actualmente reside en la Casa San José, para padres mayores, en Guadalajara, Jal.

P. Rodolfo Navarro, ¿sería tan amable de platicarnos cómo surgió su vocación misionera?

Mi ambiente fue muy familiar y misionero. En el Seminario de Zamora, donde inicié mi preparación al sacerdocio, teníamos muchas conferencias y charlas acerca de los misioneros más famosos de aquel tiempo. Podíamos decir que era un seminario misionero, porque, además de haber horas santas, teníamos una tienda para ayudar a las misiones con lo que se vendía entre los seminaristas; así mismo, hasta ahora se publica un periódico llamado El misionero, el cual se difunde en casi toda la república, y donde se ofrecen noticias de misioneros de China, de aquí y de allá. Todo ese ambiente me ayudó para pensar en las misiones y no quedarme en Zamora solamente.

P. Rodolfo Navarro Guerra, MG

¿Cómo surgió la idea de integrarse al Seminario de Misiones?

Primero hablé con las personas que tenía que hablar y vi que me podían admitir en el Seminario de Misiones, que estaba a punto de inaugurarse. Después hablé con mis padres y me dijeron: “Bueno, nosotros habíamos pensado en tenerte aquí en la diócesis, pero si tú quieres irte a misiones, con mucho gusto”. “Bueno, pues muchas gracias”, les dije, y así fue: ya con los permisos necesarios me fui a la fundación del seminario.

Al ser uno de los alumnos fundadores, vivió el periodo inicial y de consolidación de Misioneros de Guadalupe. ¿Podría comentarnos cómo fue surgiendo la colaboración con los países de misión?

La Misión de Corea tuvo una etapa introductoria a través de un misionero de Estados Unidos y un obispo de Corea que visitaba México. Entonces el obispo de Pusan invitó a los Misioneros de Guadalupe para que pudiéramos ir a misiones en aquel país asiático. A los pocos meses salieron para allá el P. José Álvarez Herrera y el P. José Chávez Calderón, pero sin contrato. Estuvieron en Pusan un poco más de un año y no se arreglaba nada, por lo que Mons. Escalante decidió que se empezara el trabajo con un contrato y con más organización. Escogió la Diócesis de Kwangju, que contaba con un arzobispo muy dinámico que Mons. Escalante había conocido en el Concilio Vaticano II. Al poco tiempo se concretó la colaboración y así empezó en serio la Misión en Corea, de 1964 en adelante.

El P. Rodolfo Navarro en un bautizo celebrado en Seúl, Corea.

Usted perteneció a uno de los primeros grupos de Misioneros de Guadalupe en Corea, ¿podría compartirnos su experiencia?

En una foto de los primeros misioneros que fueron a Corea, tomada durante la fiesta de san José, aparecemos los padres José Luis Ortega, Jesús Alba, Francisco Arriaga, Luis Sánchez y un servidor.

Yo llegué el 17 de febrero. Visité durante un breve periodo a los padres Columbanos, que conformaban el grupo con el que íbamos a trabajar más tarde. Ahí me esperaba un Jeep Land Rover que habíamos ordenado a Londres desde México; lo recibí y me fui a mi misión, que era hacia el sur… Un detalle curioso es que cuando llegué a esa ciudad llamada Suncheón se dio el caso de que sólo había dos automóviles: el del ministro protestante y el que yo llevaba. Recuerdo que antes de darme el número de placa me exigieron que llevara una foto del estacionamiento donde lo dejaría, para que el coche no estuviera en la calle; o sea que en una ciudad de tamaño medio, desde 1964, se pedía que cada vehículo tuviera su estacionamiento, de lo contrario no te daban licencia para tenerlo.

Empezamos a trabajar el día de la fiesta de san José. Siete misioneros nos reunimos en un puerto que se llama Joshua (muy hermoso), y celebramos la fiesta. Había un grupo de sacerdotes Columbanos, quienes nos recibieron muy bien, y empezamos a trabajar con ellos en distintas parroquias.

El P. Rodolfo Navarro en la Parroquia de Pyong Dong.

Al poco tiempo de estar en Corea nos visitó Mons. Escalante. Recuerdo un detalle que quiero compartir con ustedes. Monseñor era muy amable y comunicativo, así que, cuando me visitó, me tomó una foto en la que aparecía como abuelo y se la mandó a mi madre para que viera que su hijo estaba bien, acompañada de una carta que decía así: “Señora Guadalupe Guerra de Navarro. Estimada señora, hace poco estuve en Corea y pasé varios días allá con su hijo y los otros padres. Encontré al P. Rodolfo con muy buena salud, estudiando y aprendiendo el coreano. Una vez que sepa el idioma, asistirá a algún párroco coreano y empezará su trabajo para nosotros de una manera definitiva. Alonso Escalante, Obispo titular de Sora, Superior General”. Es una carta que guardo con cariño…

Aquella fue una época organizativa en la Misión, hasta que el grupo llegó a ser grande, de veintiún Misioneros de Guadalupe. Tomamos todas las parroquias que iban dejando los sacerdotes de Irlanda que las atendían, hasta que también vimos la necesidad de tener una casa en la capital del país, por tres motivos principalmente: atender a nuestros presbíteros (decíamos que si alguno muriera, que fuera en casa); para que llegaran los estudiantes y para que hubiera siempre un contacto con la capital. Gracias a la casa ya hubo comunicación, visitas, etc.

(Continuará…)