Sem. Juan Rodolfo González Uribe

Estimados Padrinos y Madrinas, mi nombre es Juan Rodolfo González Uribe, soy seminarista, y quiero compartir con ustedes un poco de mi experiencia vocacional. Antes que nada quiero comentarles que previo a llevar esta hermosa vida, llena de tranquilidad y de amor, yo no vivía igual ni era el mismo. No es que no tuviera amor, sino que no era el mismo; no es que no tuviera tranquilidad, sino que era de otro tipo. Mis padres se desvivían por mí, como en cualquier familia amorosa y unida, y la vida era tranquila porque, gracias a los valores que me inculcaron, podía estar sin temor a fallar en mi familia o en la sociedad.

Desde muy pequeño quería ayudar a las personas, pero no sabía cómo. Cuando crecí era como cualquier chico, con deseos de superación y sueños a realizar, con defectos y virtudes, pero lo que más destacaba en mi persona era que no me podía quedar callado ante las injusticias que alcanzaba a percibir, y eso alimentaba en mi interior una sensación que no era del todo buena, porque el coraje se convertía en rencor, y este me podía inducir a la violencia, aunque para justificarme decía que me consideraba valiente”. Sin embargo, cuando uno hace cosas malas no tiene nada que ver con el valor; por el contrario, lo más fácil de la vida es hacer cosas malas porque no demanda coraje. Ahora sé que realizar buenas acciones en favor de los demás y de uno mismo sí demanda valor y coraje.

Conforme pasaba el tiempo, mi deseo de seguir ayudando a la gente disminuía, tal vez me volvía igual que aquellos a quienes criticaba por sus actos injustos, porque deseaba que ocurrieran esas injusticias a ellos… ¡Qué tonto era! Y ahora comprendo cosas que no comprendía en aquel momento.

Un día fueron a la casa a pedirle a mi papá su participación en el servicio de la capilla del pueblo. Él se negó por motivos de trabajo y yo lo sustituí. Al término del tiempo de servicio, y teniendo siempre una gran confianza en Dios, un día le pedí que le devolviera la salud a mi padre, pues ya llevaba un tiempo con dolor de columna y de piernas, y, aunque pareciera algo no tan grave, me afectaba verlo así. Le ofrecí a Dios mi servicio en la capilla por la gracia de recobrar la salud de mi papá y permanecí ahí. Al mismo tiempo, comencé a disfrutar tanto el servicio que eso llenaba cualquier hueco, remplazaba cualquier placer que con anterioridad me hubiera ofrecido el mundo; no necesitaba mas que servir a Dios en la capilla, aunque en esos días no sentía la inquietud por el sacerdocio.

Al pasar más tiempo unas hermanas religiosas me preguntaron qué iba a hacer de mi vida. La pregunta ni siquiera iba con el tema que estábamos tratando, pero sin titubear les contesté que me casaría. Sin embargo, una de ellas me contestó: “No lo creo”. En ese momento dudé acerca de qué más podría querer Dios de mí, porque yo era rebelde, orgulloso, y no me guardaba las cosas, sino que las expresaba sin importar a quien incomodara, ¡y Dios me pedía ser humilde y sumiso! No, en ese momento no me cuadraban las cosas, pero me entró la curiosidad.

La espinita me duró cerca de cinco años, y durante ese tiempo Dios me demostraba cosas que me aclaraban el camino, aunque yo me resistía. Si hubiera sabido, o al menos imaginado, lo feliz que sería al escuchar y seguir su llamado, hubiera dicho que sí desde el inicio; pero todo tiene su tiempo, y cuando por fin le dije a Dios que sí yo ya tenía 25 años e ingresé al Seminario diocesano de Toluca.

El proceso de discernimiento en ese lugar fue muy lindo, pero no cubría el hueco nuevo que surgió en mí. Fue entonces cuando busqué otras comunidades religiosas y no encontraba nada. Así pasó un año hasta que un amigo mencionó a los Misioneros de Guadalupe, y tan sólo con el nombre me sentí identificado. No sabía quiénes eran, pero sonaba bien y busqué información como lo hice con las demás instituciones religiosas. La diferencia fue que con ellos encontré lo que buscaba, y ya no era lo mismo que al inicio. Comprendí que para ayudar a las personas hay muchas instituciones y no todas son necesariamente religiosas, y que yo, aparte de ayudar, quería también motivar a la gente a que se sintiera como yo: seguro, amado, tranquilo y feliz, y eso sólo lo puede hacer Dios. Entonces pude comprender por qué Él me había creado con ese carácter tan específico: para que yo quisiera ir a otros lugares donde no lo conocen aún, para hablar cuando los demás se callen, para compartir lo que sólo Él nos da y que siempre busqué.

Decidí ser misionero para ir a hablar de Jesús a los que no lo conocen; para hablar de lo que pocos hablan por miedo o vergüenza. ¿Por qué con Misioneros de Guadalupe? Tal vez porque quise ir no sólo en el nombre de Jesús, sino también en el nombre de la Iglesia de México, ya que a pesar de la carencia de sacerdotes en nuestras comunidades, ellas con gusto aportan para que los demás tengan esa fuente de esperanza que es Dios. Es esa misma fe que nos compartieron los antiguos misioneros, por cuyo envío estamos siempre agradecidos con Cristo.

Espero continuar en este camino durante muchos años más, sé que cuento siempre con la presencia de Jesús y también con las oraciones de todos ustedes.